| Mc 12, 28b-34 |
Federico estaba siempre con cara de pocos amigos. Su aspecto no invitaba a sentirse a gusto a su lado y muchos eludían su amistad.
Una mañana, Manuel se encontró con él en la terraza de Santiago. Al verlo con esa cara triste, se compadeció y le preguntó:
—¿Qué te pasa, Federico? ¿Por qué esa cara tan amarga?
No se atrevió a mirarle y, con los ojos clavados en el suelo, murmuró:
—No estoy contento conmigo mismo.
Después de unos segundos, Manuel levantó la mano pidiéndole a Santiago un café. Tomó asiento y dijo:
—Veo que no has tomado nada. ¿Quieres un café?
Federico levantó la mirada lentamente y asintió.
Manuel hizo señales a Santiago por otro café.
Casi sin darse cuenta, la cara de Federico fue cambiando de semblante. Ahora no estaba alegre, pero tampoco aparentaba un cascarrabias.
Manuel, al darse cuenta del cambio, comentó:
—La vida es hermosa cuando te aceptas tal como eres y procuras, desde ahí, mejorar.
Federico alzó la cabeza y, inconscientemente, dibujó una suave sonrisa en su rostro.
Manuel, fijándose en la sonrisa de Federico, aprovechó para decirle:
—¿Por qué esa sonrisa? ¿Te ha hecho gracia lo que he dicho?
—Bajó su cara unos segundos, pero, casi repentinamente, apartó las manos y respondió:
—Creo que ese es mi problema. No me acepto tal como soy y me gustaría cambiar. Pero…
Sin poder resistirlo, volvió a esconder la cara entre sus manos.
—No tienes por qué preocuparte. Todos tenemos cosas que nos gustaría mejorar o conseguir. Pero…
Tomando la Biblia en sus manos, señaló y dijo:
—Jesús nos lo dice en Mc 12, 28b-34 cuando un escriba se le acerca y le pregunta cuál es el primer mandamiento: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, amarás al Señor…
Hizo una pausa, carraspeó la garganta y continuó:
—Tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser” …
Guardó unos segundos y, mirándole fijamente, concluyó:
—El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos.
Los ojos de Federico estaban abiertos como luminosas lámparas. Su rostro se había transformado; de una apariencia amarga se había convertido en un semblante gozoso.
Ahora comprendía que el verdadero amor partía de Dios, pasaba por sí mismo y se proyectaba en los demás. Un camino amoroso de perfección en el Señor.
Había comprendido que, permaneciendo en Dios, podía aceptarse a sí mismo y amar de verdad a los demás.