| Mc 10, 32-45 |
Sus pensamientos volaban muy alto. No se contentaba con ser uno más de la pandilla, sino ser uno de los más altos. Su ambición no tenía límites.
Todo lo que hacía Fernando tenía ese objetivo de grandeza; por él se movía y luchaba.
—No entiendo cómo se puede permanecer sin ambición —dijo Fernando—, simplemente participar como uno más del grupo.
Pedro le miró frunciendo el ceño y añadió:
—No todos tienen la misma ambición. Muchos se conforman con estar y participar.
—Sí, pero la vida —intervino Carlos— es de los que ambicionan y quieren subir más alto y…
—¿Qué vida? —respondió Manuel—. La de este mundo o la que esperamos en el otro.
—¿De qué otro hablas? —preguntó Carlos con cara de extrañado.
—De la que Jesús, el Señor, nos ha prometido —dijo Manuel— con firmeza.
Hizo una pausa, miró a Carlos y, alzando la voz, repitió:
—Jesús (Mc 10, 32-45) nos advierte de lo que le va a suceder y, tras su muerte, nos revela su resurrección. Pero…
Guardó un breve silencio y, clavando los ojos en Carlos, añadió:
—Los apóstoles tienen su corazón atrapado por las ambiciones y las seguridades de este mundo. No se dan cuenta de que lo de Jesús tiene que ver con otra cosa…
Se detuvo breves segundos; esperó a ver si reaccionaban y dijo:
—Con amar, con ponerse a los pies del otro como un esclavo, puesto que amar es servir… y el primero es el propio Jesús.
Levantándose y alzando los brazos, concluyó:
—El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos.
Evidentemente, la finca donde encontrarnos con el Señor no se llama «ambiciones», se llama «Servicio».