| Mt 9, 18-26 |
En algunos momentos la vida es hermosa, pero en otros se torna dura, incomprensible y hasta difícil de seguir. Todo se viene abajo como un castillo de naipes; solo queda la esperanza.
—¿La esperanza?… —Y mirando a los demás, dijo Agustín—, ¿qué esperanza?
Nadie se atrevió a responderle y se hizo un largo silencio.
Cuando parecía que la cosa se iba a quedar ahí, Manuel levantó la voz y replicó:
—¿No hay nadie que tenga esperanza? ¿Todos los presentes se resignan a que la muerte tenga la última palabra?…
Mantuvo los ojos fijos en los que le escuchaban, muchos con la mirada hacia abajo, y comentó:
—No es así. Siempre, como aquel hombre del que habla el evangelio (Mt 9, 18-26), hay esperanza. Eso demuestra que aquel hombre creía en Alguien que podía devolvérsela. Para él, la muerte no tenía la última palabra…
E invitando a que leyeran la cita evangélica indicada, agregó:
—Se puso de rodillas ante el Señor y le dijo: «Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá» …
Sin pestañear y de inmediato, añadió:
—La esperanza, a pesar de la dureza de las situaciones del padre que ha perdido a su hija y de la mujer marcada por su enfermedad, no los paraliza ni los lleva a la desesperación…
Los miró con ojos de fe y de confianza y, animándolos, concluyó:
—Los moviliza, los pone en marcha y les hace acercarse a Jesús. Y la esperanza renace, se hace realidad…
Regresando a su lugar, terminó con estas palabras:
—¿Estamos nosotros convencidos de que Dios nos escucha y, aunque su Voluntad no coincida con la nuestra, siempre nos dará la esperanza para seguir adelante?
El silencio que reinaba y las cabezas inclinadas hablaban por sí solas.