| Mt 27, 11-54 |
Esperaban un rey todopoderoso, capaz de liberarlos del yugo romano. Creen que ha llegado… y sus emociones se desbordan.
Su entrada en Jerusalén es aclamada con cantos y palmas. Todo es júbilo en torno a Jesús. Pero en pocas horas, el paisaje cambia. Aparece la vulnerabilidad humana, la mentira —propia y ajena— y el desconcierto.
Llega el desencanto. Ya no parece ser aquel que esperaban… o, al menos, no coincide con la imagen que se habían forjado. Y de las aclamaciones se pasa, casi sin transición, a la condena.
El silencio de la Pasión se vuelve elocuente. Resuenan acusaciones y ultrajes. Jesús carga con las heridas del cuerpo… y con otras más profundas. Surgen los cirineos, rostros de ayuda inesperada; la compasión se abre paso en medio de la barbarie. Conviven la burla y la ternura, la fe y el abandono.
Y todo parece terminar. Llega la muerte. Se cuida un cuerpo, se deposita en el sepulcro… mientras, en lo escondido, comienza a latir la promesa.
Domingo de Ramos: emociones superficiales, sin hondura donde sostenerse. Todo se derrite como nieve al sol.
Pero será el amor —mostrado en la Cruz— el que avive la raíz; y, si encuentra tierra buena, dará fruto.