No sabía qué le ocurría,
pero sentía una sensación extraña, como un impulso interior que le señalaba un
camino. Sin embargo, todo era oscuridad; no alcanzaba a ver por dónde avanzar.
Nervioso, decidió
detenerse. Buscó dónde sentarse y descansar. Trató de relajarse, de vaciar su
mente. No quería pensar ni imaginar nada. Solo dejar salir todo, por si en ese
silencio aparecía algo que le ayudara a comprender.
«¿Qué me está pasando?»,
pensó.
Incluso llegó a
preguntarse por qué estaba allí. No entendía de dónde venía aquella inquietud
que le desasosegaba por dentro.
—Buenos días, señor —oyó
de pronto—. ¿Desea tomar algo?
Era la voz de un
camarero. No se había dado cuenta de dónde estaba ni de que alguien se dirigía
a él. Sorprendido, miró a su alrededor y reaccionó.
Se recostó en la silla y
trató de tranquilizarse. Después de todo, no había —al menos de forma
consciente— ningún motivo para preocuparse.
«¿Por qué tanto
nervio?», se dijo.
Bebió un poco de agua,
se acomodó mejor y dejó que su mirada recorriera el lugar. Entonces cayó en la
cuenta: estaba en una hermosa terraza, llena de vida y animación. No se había
percatado de ello hasta ese momento.
Su atención se detuvo en
un pequeño grupo de personas que conversaban con entusiasmo sobre la noche de
Reyes.
Aquellas palabras le
atravesaron por dentro. Algo cambió en su rostro: sus ojos se iluminaron y su
expresión se llenó de una paz serena. Ya no era la misma persona. Había
encontrado lo que, sin saberlo, estaba buscando. Los nervios se disiparon y, en
lo más profundo de su corazón, alguien acababa de nacer.
Mientras tanto, el grupo seguía celebrando el haber descubierto una razón más honda para vivir y festejar aquella noche tan especial de Reyes.