martes, 6 de enero de 2026

LLAMADA, DISCERNIMIENTO Y SORPRESA

    No sabía qué le ocurría, pero sentía una sensación extraña, como un impulso interior que le señalaba un camino. Sin embargo, todo era oscuridad; no alcanzaba a ver por dónde avanzar.

    Nervioso, decidió detenerse. Buscó dónde sentarse y descansar. Trató de relajarse, de vaciar su mente. No quería pensar ni imaginar nada. Solo dejar salir todo, por si en ese silencio aparecía algo que le ayudara a comprender.

    «¿Qué me está pasando?», pensó.

   Incluso llegó a preguntarse por qué estaba allí. No entendía de dónde venía aquella inquietud que le desasosegaba por dentro.

    —Buenos días, señor —oyó de pronto—. ¿Desea tomar algo?

    Era la voz de un camarero. No se había dado cuenta de dónde estaba ni de que alguien se dirigía a él. Sorprendido, miró a su alrededor y reaccionó.

    —¡Ah!, perdone mi distracción —dijo con gesto despistado—. Sí, por favor, tráigame un vaso de agua.
      —Enseguida, señor —respondió el camarero.

    Se recostó en la silla y trató de tranquilizarse. Después de todo, no había —al menos de forma consciente— ningún motivo para preocuparse.

      «¿Por qué tanto nervio?», se dijo.

    Bebió un poco de agua, se acomodó mejor y dejó que su mirada recorriera el lugar. Entonces cayó en la cuenta: estaba en una hermosa terraza, llena de vida y animación. No se había percatado de ello hasta ese momento.

    Su atención se detuvo en un pequeño grupo de personas que conversaban con entusiasmo sobre la noche de Reyes.

    —Recuerdo de niño —decía Pedro— la ilusión con la que esperaba esta noche encantada. Para mí, como para tantos otros, la noche de Reyes era una noche mágica: de alegría, de regalos, de ilusiones y de esperanza.
   —Sí, estoy de acuerdo —respondió Servando—, pero también puede ser una noche de tristeza y sufrimiento para otros muchos niños.
   —Evidentemente —intervino Manuel—, si ponemos el acento solo en los regalos, muchos se quedarán sin nada. Pero si ponemos la mirada en el Niño que nace, la esperanza llega a todos. Y ese es el mejor regalo.

   Aquellas palabras le atravesaron por dentro. Algo cambió en su rostro: sus ojos se iluminaron y su expresión se llenó de una paz serena. Ya no era la misma persona. Había encontrado lo que, sin saberlo, estaba buscando. Los nervios se disiparon y, en lo más profundo de su corazón, alguien acababa de nacer.

    Mientras tanto, el grupo seguía celebrando el haber descubierto una razón más honda para vivir y festejar aquella noche tan especial de Reyes.