| Lc 2, 22-32 |
Aquel día le costó levantarse. Hacía ya algún tiempo que lo venía notando: se sentía cansado de tanta rutina y su esperanza iba declinando, hasta el punto de plantearse el abandono. Sin embargo, en esa lucha por ponerse en pie, experimentó algo distinto; su esperanza parecía despertar, invitarle a perseverar. Algo le llamaba la atención.
Después de asearse y desayunar, salió a dar un paseo, sin tenerlo muy claro. No sabía bien a dónde iba, pero algo, muy dentro, le impulsaba a caminar.
Ernesto —ese era su nombre— se dejó llevar por ese impulso interior. Presentía algo extraño e intuía que algo podía suceder.
Tras un largo paseo, al pasar cerca, decidió acercarse a la capilla. Qué mejor oportunidad que hablar con el Señor cara a cara —pues en la custodia está presente en la sagrada forma—. Y hacia allí se dirigió.
—Señor, Dios mío, estoy pasando una mala racha. Me cuesta vencerme al comenzar el día, y la holgazanería me tienta a quedarme y abandonarme. Sé que puede parecer una tontería, pero los grandes males empiezan por tonterías.
Silenció su interior y trató de escuchar. Permaneció unos minutos en atenta espera y, sin haber interpretado nada, se atrevió a continuar:
—Creo que lo que debo hacer es perseverar, permanecer en espera y confiar en tu presencia. Sé que me escuchas y, aunque no descubro con claridad tu respuesta, intuyo que me pides confianza; que llegará el momento de entenderlo y verlo claro.
Hizo una pausa, tomó su Biblia y, al abrirla, se encontró con el pasaje evangélico de Lc 2, 22-32. Al comenzar a leer, comprendió —con rostro de asombro— que el Señor le había respondido con claridad. Decía así:
Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor», y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo prescrito en la Ley del Señor.
Y había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel…
Al terminar la lectura, se identificó con el anciano Simeón y comprendió que el Señor le pedía perseverancia, paciencia y confianza en su Palabra.
La capacidad de maravillarnos ante lo que nos rodea favorece la experiencia religiosa y hace fecundo el encuentro con el Señor.