| Jn 5, 1-16 |
Cada vez que pasaba por aquel lugar, Severino se encontraba con el mendigo de la plaza. Era ya una cosa tan habitual que todos los del pueblo lo conocían por aquel nombre: “el mendigo de la plaza”.
Un día, acostumbrado a verlo allí postrado, sintió compasión y le dijo:
—Buenos días, amigo, ¿qué tal estás?
—Resignado y soportando esta parálisis que no me deja moverme con facilidad hace ya bastante tiempo.
Severino puso cara de asombro y dijo:
—¿Pero es que estás ahí porque padeces una parálisis? No sabía nada. Creía que era por tu propia voluntad.
—No exactamente. Es verdad que yo tengo mucha culpa, pero desde hace ya algún tiempo padezco una parálisis que me impide moverme con facilidad.
Severino, compadecido, no supo cómo reaccionar. Permaneció unos segundos en silencio, y al final dijo:
—¿Y qué piensas hacer? ¿No deseas salir de esta situación y curarte?
—Eso es lo que quiero, pero necesito ayuda. Solo no puedo buscar algún remedio.
Después de unos breves segundos de silencio sin saber qué decir, Severino le respondió.
—No te lo prometo, pero trataré de ayudarte.
Siguió su camino con esa idea en la cabeza. Quería ayudar a aquel paralítico que llevaba largo tiempo inmóvil en aquella plaza.
Con esos pensamientos bailando en su mente, se dirigió a la terraza de Santiago con la intención de refrescarse y tomar un café. «Quizás encuentre una solución», pensó.
—Buenos días, amigo Severino —le recibió Santiago amablemente. ¡Cuánto tiempo sin verte!
—Sí, hace algún tiempo, pero hoy he sentido esa necesidad de pasar por aquí.
—¿Algún problema? —dijo Santiago.
—No, nada importante. Bueno… sí, muy importante para una persona y por la que me siento preocupado.
Manuel, que había escuchado a Severino, se acercó sigilosamente y le dijo:
—¿Puedo ayudarte de alguna manera?
Severino le miró con cara de esperanza y, tras pensar unos segundos, le respondió.
—No sé, pero quizás podríamos darle algo de esperanza que le levantara al menos el ánimo. ¿Te parece?
—Me parece bien. ¿Qué podemos hacer? —dijo Manuel.
—Ven conmigo, vamos a la plaza —respondió Severino.
Sin pérdida de tiempo se pusieron en camino. Manuel recogió sus cosas y siguió a Severino con entusiasmo y con el deseo de dar esperanza a aquella persona.
Era mediodía, una hora en la que transitaban algunas personas por aquel lugar. Severino vio inmediatamente al mendigo y, deteniendo a Manuel, le dijo:
—Ahí está el problema. Es aquel aparente mendigo; tiene mucha dificultad para moverse y necesita ayuda. Se pasa casi todo el tiempo en este lugar. ¿Qué podemos hacer?
Manuel no supo qué decir. Se acercó lentamente al mendigo y le tendió la mano ofreciéndole una limosna.
—Hola, amigo, esta pequeña limosna no resuelve tu problema, pero puede levantarte el ánimo si logra que pongas atención y escuches esta Palabra.
Y leyendo suavemente, dijo: Evangelio: San Juan 5, 1-16: Se celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en hebreo Betesda.
Después de leer el pasaje del evangelio de Juan sobre el paralítico de Betesda, levantó la mirada y le dijo:
A veces nuestro camino no es el que a nosotros nos gustaría elegir, pero es el camino. Y es necesario que Él nos sumerja en las aguas de la oración, de la confesión, de la apertura de espíritu.
Y con la mirada clavada en su rostro, le cogió las manos y le dijo:
—Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos de luz.
Aquella persona llamada “el mendigo de la plaza” cambió de semblante. Enderezó su dorsal y estrechó fuertemente la mano de Manuel.
Había comprendido que la verdadera parálisis no está en las piernas, sino en el corazón que deja de esperar.
Mientras se alejaban de la plaza, Severino rompió el silencio.
—Manuel… ¿Tú crees que ese hombre podrá salir de su parálisis?
Manuel caminó unos pasos antes de responder.
Manuel lo miró con serenidad.
—De si un día decide escuchar de verdad esa pregunta que Dios siempre hace al corazón del hombre.
Severino frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué pregunta?
Manuel respondió con suavidad:
—La misma que Jesús hizo al paralítico de Betesda:
“¿Quieres curarte?”
Severino guardó silencio.
Y mientras continuaban su camino, comprendió que muchas parálisis no están en las piernas… sino en el corazón.
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