| Lc 24, 13-35 |
Al entrar a la terraza, Osvaldo se fijó en Clemente. No era el de otros días; su cara era seria y de aspecto triste.
—¿Qué te ocurre, amigo?, pareces preocupado. ¿Algo va mal?
—En realidad no lo sé, no me encuentro bien.
Hizo una pausa y tomó resuello.
—Me asaltan pensamientos que me desesperan. Llego a pensar que nada tiene sentido.
—¿A qué te refieres cuando dices esto? No te entiendo.
—A la vida, al deseo de esperanza trascendente. Me atormenta que esta vida pueda acabar aquí.
Miró para Osvaldo y con cierta angustia le dijo:
—Algo dentro de mí me mueve a pensar que esta vida es continuación de la otra…
—¿De qué otra vida hablas? —le interrumpió Osvaldo.
—De la que es eterna y plena. Y esa lucha de lo de aquí y allá me supera y me deja con el amargo sabor de la decepción. ¿Se me nota, no?
—¡Hombre! —respondió Osvaldo—, no pareces el mismo.
—Y no lo soy. Corro el riesgo de encerrarme en mí mismo y dar la espalda a la posibilidad de vivir con esperanza.
Osvaldo se quedó sin palabras. No sabía qué decirle a Clemente. Levantó los ojos e hizo señal al camarero para que trajera dos cafés.
En ese momento, sus ojos se iluminaron. Observó que llegaba Manuel y sería una buena ocasión para buscar alguna respuesta de esperanza.
—Buenos días, Manuel —dijo Osvaldo—, bendita tu llegada.
Algo extrañado, Manuel devolvió la bendición:
—Benditos todos los que se esfuerzan en vivir en la Voluntad de Dios.
Dando tiempo a que Manuel se acomodara y le sirvieran su café, Osvaldo le miró esperanzado e intentó poner a Manuel en situación:
—Hablábamos de las decepciones que la vida nos depara. Al parecer, nuestro amigo Clemente —comentaba— las está sufriendo con mucha frecuencia.
—Sí —añadió Clemente—, hay días que me falta ilusión y deseos de vivir. Todo a mis ojos pierde sentido.
Manuel, con la mirada fija en él, respondió:
—¿Y a quién no le pasa eso en algunos momentos de su vida? Todos sufrimos decepciones y nos cuesta superarlos.
Hizo una pausa y, con cierta ironía y una leve sonrisa, continuó:
—Sin darnos cuenta, damos siempre vuelta a lo mismo.
Bebió un poco de agua, se tranquilizó y añadió
—Pensamientos que vuelven y no nos dejan en paz.
Volvió a detenerse, puso su Biblia sobre la mesa y, abriéndola, buscó el evangelio de Lc 24, 13-35. Entonces dijo:
—Actuamos como verdaderos carceleros de nuestro corazón, mordiéndolo con dudas y temores. Nos sucede como a Epulón (Lc 16, 19-31), incapaces de percatarnos de quién está a la puerta de nuestra casa.
Entonces, con ternura y comprensión, añadió:
—Aquellos dos discípulos iban de regreso, desencantados, tristes y resignados. Al parecer para ellos todo había acabado; volvían desanimados a sus labores diarias. Pero… alguien camina con ellos, y no lo sabían.
Cuando Manuel acabó de leer, Clemente empezó a levantar la cabeza.
Sus ojos ya no eran los mismo.
Algo había cambiado.
La vida ha vencido a la muerte.