viernes, 30 de junio de 2017

RECONOZCO MIS PECADOS

(Mt 8,1-4)
Persigo al Señor y quiero seguirle, no porque sea bueno, sino porque necesito que Él me saque del fango que es mi vida; del fango de mis pecados y de la impotencia de mis debilidades. Porque, el mundo en el que vivo, no me limpia, sino me hunde más en mis miserias y pecados. Necesito dar riendas sueltas a ese amor que arde dentro de mí y que, encendiéndolo, experimento paz y felicidad.

Por eso, consciente de mis pecados corro al Señor para pedirle que me limpie. Creo profundamente que Tú, Señor, puedes limpiarme, y como ese leproso, acudo a Ti para pedírtelo. Pero antes, Señor, te llevo mis miserias y mis fracasos; mis pasiones y mis debilidades; mis pecados y mis errores. Esa es la basura de todo lo impuro que hay en mi vida, y que constituye mi lepra. Sí, Señor, yo también tengo lepra. Una lepra incurable sin tu Gracia. Una lepra con la que el mundo va minando, no sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Una lepra a merced del Maligno, que me despedaza y me condena.

Señor, dame esa conciencia de pecado y de arrepentimiento, Porque sin ella, ¿a dónde voy? ¿Qué puedo esperar de este mundo perverso y mal intencionado que sólo quiere atrapar mi cuerpo y mi alma para condenarme. Un mundo regido por el príncipe del mal, que nos tienta y nos aplastas en nuestras debilidades. Mi vida no tiene sentido de otra forma sino en tu presencia.

Sería absurdo dejarnos someter por este mundo que sólo nos puede ofrecer miseria y perdición. Claro, las presentas bajo la falsa del espejismo tratando de seducirnos con luces y cantos de sirena, pero que luego, atrapados, saca a relucir su cara de perdición y de muerte.

Quiero, Señor, seguir tus pasos y, confiado en tu Amor y Misericordia, esperar que, cuando llegue el final, caer en tus Manos y quedar limpios para toda la eternidad.