viernes, 22 de noviembre de 2019

EL TEMPLO, LUGAR DE DIÁLOGO Y ORACIÓN CON DIOS

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Lc 19,45-48
Sabido es que el hombre es un ser en relación que necesita relacionarse con los demás, pero, fundamentalmente con Dios. Ese Dios creador que al que se siente unido y del que espera recibir, por su Infinita Misericordia, la Vida Eterna. Porque, si una cosa es evidente es que el hombre experimenta en lo más profundo de su corazón un deseo trascendente de eternidad. Percibe e intuye que ha sido creado para la vida, Vida Eterna.

De esa experiencia vital, el hombre descubre la necesidad de intimar y dialogar con su Padre Dios. Un Dios amoroso y misericordioso que, por medio de su Hijo, el Mesías enviado, le anuncia su Plan de Salvación para compartir con Él su Gloria Eternamente. Y, a través de los siglos, el templo es el lugar, edificado y elegido, para reunirse con los demás cristianos que comparten la misma fe y orar y alabar a su Padre Dios. En el templo son convocados todos los cristianos para, reunidos y personalmente, relacionarnos en alabanzas y oraciones con Dios.

El templo es el lugar sagrado, por antonomasia, donde se reunen todos los cristianos a orar y a alabar a su Padre Dios. Es un lugar donde impera el silencio y el respeto y donde todos deben ser conscientes de que están delante del Señor. Una presencia real y auténtica bajo las especies de pan y vino. Una presencia que cumple su Palabra de que está entre nosotros hasta el final. Una promesa que, a parte de estar dentro de cada uno de nosotros en Espíritu, está presente en la Eucaristía para que podamos tocarle y alimentarnos de su Cuerpo y fortalecernos en su Espíritu.

Debemos ser conscientes del significado del templo y visitarlo con respeto y devoción y de cuidarnos de guardar el debido silencio para no entorpecer ni distraer el diálogo personal de cada cual con Jesús, la víctima propiciatoria que se sacrifica de forma voluntaria e incruentamente en cada Eucaristía para perdón de nuestros pecados.