jueves, 5 de marzo de 2026

CAMBIO Y ESCUCHA

Lc 16, 19-31

Emeterio disfrutaba de la vida. Gozaba de una solvencia económica y de una posición privilegiada que le permitía saborear los placeres que le apetecían.

Solía gastar su tiempo en presumir de sus vestimentas y banquetes festivos sin preocuparse de lo que acontecía a su alrededor, ni siquiera de lo más próximo.

No todos corrían con esa suerte. Había muchos que lo pasaban mal y muy pocos se fijaban en sus desgracias. Mientras unos poseían de todo, otros no tenían qué echarse a la boca.

Sucedió, como marca la ley de la vida, que los tiempos se acaban o cambian. Emeterio enfermó a pesar de todos los recursos que su poder económico podía ofrecerle; el sufrimiento hizo presencia y su vida cambió.

Le sacaban a dar largos paseos con el fin de distraerlo y reconfortarlo, pero cada día su tristeza y dolor se acrecentaban.

Sucedió que un día, al pasar por una terraza, oyó una conversación que le llamó la atención. Mandó a parar y escuchó atentamente.

En esos momentos hablaba Manuel sobre la empatía, la solidaridad y el uso que hacemos de los recursos a nuestro alcance, la inutilidad de las advertencias si nos aferramos a nuestras propias ideas y no permitimos que la realidad nos cuestione.

Aquellas palabras sonaron interiormente en su corazón. Se sentía identificado y como si alguien le señalara.

Manuel abrió la Biblia y leyó en el evangelio según san Lucas (16, 19-31): 

«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.

Cuando terminó de leer, cerró su Biblia y se sentó lentamente.

El silencio que siguió fue más elocuente que las palabras.

Emeterio cerró sus ojos, su mente se abrió y su corazón se ablandó. Entonces, tocado por el Espíritu Santo, dijo interiormente:

«Señor, no permitas que me vuelva indiferente ante el sufrimiento de los demás, especialmente al de los que tengo más cerca.

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