| Jn 4, 43-54 |
Juan Fernando era una de esas personas que podrían considerarse felices. Disfrutaba de una situación acomodada y tenía todos los privilegios que cualquiera podría desear.
No necesitaba nada, y mucho menos creer en dioses que le solucionaran los problemas. Se bastaba a sí mismo y se sentía seguro. Solo creía en lo que veía o en aquello que, una vez comprobado, merecía su confianza.
En realidad, muchas veces valoramos las palabras según el prestigio de quien las dice, y así nos perdemos mensajes valiosos porque no vienen acompañados de trompetas, fuegos de artificio o argumentos de autoridad.
Nunca pensó que llegaría a verse necesitado. Pero un día, movido por el inmenso amor a su hijo, gravemente enfermo, comenzó a recordar lo que había oído sobre los milagros y sobre la fe en Dios.
Entonces empezó a pedir oraciones por la sanación de su hijo. Visitó lugares santos y se puso a rezar.
No se rendía. Algo dentro de él le empujaba a seguir buscando, a seguir pidiendo, a recorrer caminos donde pudiera implorar por la curación de su hijo.
Un día, por el camino, se encontró con un hombre sentado a la sombra de un árbol leyendo. La serenidad que reflejaba su rostro le llamó la atención, y decidió acercarse.
—Buenos días, buen hombre —le dijo con cierta esperanza—. Con su permiso, ¿podría decirme qué lee con tanta paz?
El hombre levantó la mirada. Tenía una suave sonrisa y una expresión tranquila.
—Leo la Palabra de Dios. En ella encuentro paz y luz para mis problemas. Quizás no siempre los resuelve como yo espero, pero me ayuda a vivirlos sin perder la paz.
Juan Fernando, animado por aquellas palabras, le preguntó:
—¿Y qué evangelio está leyendo?
—El capítulo cuatro, versículos del cuarenta y tres al cincuenta y cuatro, donde Jesús cura al hijo de un funcionario real.
El hombre le acercó la Biblia para que pudiera leerla.
Cuando terminó, el rostro de Juan Fernando parecía iluminado por una paz nueva. Cerró la Biblia, se la devolvió con gratitud y emprendió el camino de regreso a su casa.
Su corazón se había abierto a la confianza en el Señor.
Sabía ahora que Jesús, sin gestos dramáticos, solo con su Palabra, puede transformar la realidad. Una realidad que quizá no siempre coincide con lo que nosotros deseamos, pero que siempre conduce a la verdadera salvación.