| Jn 15, 1-8 |
Ni se había abonado ni cuidado lo necesario para que la tierra estuviese en condiciones de dar frutos. El suelo estaba seco, y las semillas no encontraban alimento para extenderse, arraigar y germinar.
Un año más, la mirada de Antonio se perdía en la lejanía de aquella finca estéril y arruinada.
Sabía cuál era el remedio, pero no encontraba la motivación para aplicarlo. Le costaba permanecer atento a lo que la tierra necesitaba.
«Esa es la razón de la falta de frutos», pensó.
De regreso al pueblo, pasó por la terraza y decidió tomar un café.
—Buenos días, Manuel, a tomar un cafelito en la terraza de Santiago.
—Buenos días, Antonio —respondió Manuel—. Me alegra verte. Te invito al café.
—Gracias, amigo, te lo agradezco.
—Por cierto, ¿de dónde vienes? Te veo con ropa de faena.
—¡Hombre, del campo! —contestó Antonio—. Y bastante desanimado… La tierra no da frutos.
Bajó la mirada y añadió:
—Tampoco la cuido como debo. No puedo exigirle frutos.
—Los frutos exigen cuidados, abono, agua… —respondió Manuel.
—Sí, lo sé, pero me cuesta. Soy inconstante y no permanezco atento.
—Eso es vital —dijo Manuel—. Un sarmiento, si no está unido a la vid, se seca y no da fruto.
Hizo una pausa, tomó un sorbo de café, sacó la Biblia y la abrió por Juan 15, 1-8:
—Jesús lo dice con claridad: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí».
Levantó la mirada y concluyó:
—«Yo soy la Vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante».
Antonio quedó pensativo. Sabía lo que tenía que hacer, pero no se sentía con fuerzas.
También nosotros estamos llamados, como la tierra, a dar fruto.
Hay momentos en la vida en los que es necesario podar. Los sarmientos nos hablan de unión, permanencia y dependencia.
El problema surge cuando vivimos como si no necesitáramos la savia que nos da vida, o cuando buscamos frutos que no nacen de la verdadera vid.
Al cabo de unos minutos, Antonio levantó la cabeza:
—Pero no tengo fuerza para cambiar mis hábitos…
—La poda —respondió Manuel—, aunque duele, es un acto de amor del labrador, nuestro Padre, que desea buenos frutos.
Antonio guardó silencio. Se sabía débil, pero empezaba a comprender que cada poda lo acercaba más a ser, como Jesús, don para los demás.