| Jn 14, 21-26 |
Hay instantes en que me parece imposible mi existencia. Me tiento, y palpo que existo, que soy… no un sueño, sino una realidad.
Pero… ¿De dónde vengo?
¿Quién me ha creado?
¿A quién me parezco?
Son preguntas que emergen desde mi interior y que no encuentran respuesta.
Experimento que deseo hacer el bien, pero hago el mal; discierno lo que está bien y lo que está mal y, aun conociendo el bien, me inclino por el mal.
Sin embargo, cuando mis esfuerzos se dirigen al bien de otros, siento gozo; justo lo contrario que cuando hago el mal.
Y me pregunto: ¿a qué se debe esto, si me siento atraído por el mal?
Levantó la cabeza, apoyó los brazos sobre la mesa y mantuvo la mirada fija.
Una voz, al cabo de unos minutos, interrumpió su silencio:
—¿Estás meditando? —le preguntó Manuel.
Pedro, sorprendido, abrió los ojos y, mirándole, respondió:
—No exactamente, pero sí reflexiono sobre mi manera de actuar y sobre cómo me sitúo ante los acontecimientos.
—¿Y a qué conclusiones has llegado? —preguntó Manuel.
—De momento, a ninguna —respondió Pedro—. No logro entender el porqué de muchas cosas.
Con una mirada llena de cariño, Manuel le dijo:
—Y sin el auxilio del Paráclito —Don de Dios— no entenderás nada.
Pedro frunció el ceño, sorprendido:
—¿De qué Paráclito me hablas? ¿Quién es?
Manuel, sonriendo, respondió:
—Es el Don de Dios que el Padre envía para asistirnos y sostenernos.
Y, tomándole suavemente por los brazos, añadió:
—Este camino no está exento de tropiezos: ensayo, error… de nuevo error y volver a intentarlo. Hay que aprender…
Hizo una pausa, respiró hondo y continuó:
—Y el Defensor, como buen maestro, no pierde la paciencia. Abrir los oídos y el corazón se convierte entonces en nuestra tarea diaria…
Se detuvo, le miró con entusiasmo y, como invitándole a creer, concluyó:
—Aprender a escucharle en el mundo, en sus palabras, en lo que acontece… y guardar ese tesoro donde, aun sintiéndonos “nada”, descubrimos que somos todo para Él.
Pedro se había quedado en silencio. Empezaba a comprender de dónde venían aquellos interrogantes y dónde podían encontrarse las respuestas.
Ahora —se dijo— podía empezar a entender muchas cosas.
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