| Lc 4, 14-22a |
Observó que los que le
escuchaban se habían quedado indiferentes, con cara de no creer lo que decía.
Entonces, tomando la palabra y con sus ojos fijos en ellos, les dijo:
—No lo hago solo, me
acompaña…
El gesto de sus caras, reflejando una
expresión de que ya se imaginaban que alguien le ayudaba, interrumpió a José.
Hizo una pausa, y con
una mirada serena y una voz suave dijo:
Se paró, oteó a los
tertulianos y añadió:
—Como escuchamos hoy en el Evangelio de Lucas 4, 14-22a, se dice: … Le
entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje
donde estaba escrito: «El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido…».
Miró para todos con firmeza y dijo:
—Y ese mismo Espíritu te
guía y alumbra tus palabras. De ahí que no tenga nada por lo que vanagloriarme;
todo es gracia del Espíritu Santo. Yo simplemente me limito a abrir mi corazón
humildemente y recoger su Voluntad.
No hubo respuesta ni
tampoco indiferencia. Hubo miradas cruzadas y ante la realidad del efecto de
las palabras de José; se hizo un largo silencio.
Reinaba un buen ambiente
y se respiraba serenidad, esperanza y paz.