—Llegado al extremo de romper la regla para salvar la vida, ¿qué opción eliges? —preguntó Pedro a Manuel.
Sorprendido por la pregunta de Pedro, Manuel le miró extrañado y respondió:
—La vida siempre está primero antes que cualquier regla…
Guardó un breve silencio y, convencido, agregó:
—Es el mayor bien que hemos recibido y, a través del cual, Dios nos da la oportunidad de recuperar nuestra dignidad de hijos y ser felices eternamente.
Pedro, algo inseguro y con cierta duda, dijo:
—¿De modo que cuando se trata de la vida todo vale?
Manuel se volvió y con intensidad replicó:
—No se trata de la vida, se trata de romper la regla cuando una norma impide alcanzar un bien superior.
Le miró con cara de enfado y, frunciendo el ceño, agregó:
—Hay leyes que, en determinadas circunstancias, pueden impedir la realización de un bien superior…
Luego, ya restablecido su equilibrio y suavemente, añadió:
—No son criterios que me saco de la manga, son hechos que Jesús ha dejado claro con su actuación.
Abrió la Biblia que sostenía en la mano y leyó:
— del Evangelio (Mt 8,1-4): En aquel tiempo, cuando Jesús bajó del monte, fue siguiéndole una gran muchedumbre. En esto, un leproso se acercó y se postró ante Él, diciendo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Él extendió la mano, le tocó y dijo: «Quiero, queda limpio». Y…
Al terminar de leer, cerró la Biblia y, pacientemente, dijo:
—Jesús rompe barreras y restaura la vida, la convivencia y libra de la exclusión.
Flotaba en el ambiente esa idea que prioriza la vida y el bien del hombre ante ciertas leyes que lo posponen al cumplimiento de la ley.