| Mt 10, 37-42 |
De repente, oyó que lo llamaban; era la indigente de siempre, la de la plaza. Le recordaba la pequeña ayuda que acostumbraba a darle.
Román acostumbraba a darle una pequeña limosna. Decidió hacerlo cuando comprendió que Dios le había dado —y seguía dándole— todo cuanto era y tenía, sin haberlo merecido.
¿Cómo negarse él a darle a alguien que le pide y que realmente lo necesita, aunque no lo merezca?
Esa fue la conclusión a la que llegó y, desde ese momento, da una pequeña limosna a algunos que ya incluso conoce.
No cabe duda de que, si entiendes que has recibido mucho, incluso de tus propios padres, sin merecerlo, ¿con qué cara te vas a presentar delante del Señor para justificar que a otros, porque según tú no lo merecían, les negaste un vaso de agua?
Cuando Roman acabó de compartir su vivencia en el grupo, Manuel se levantó, tomó la Biblia en su mano y, abriéndola, dijo:
—En el evangelio de este domingo (Mt 10, 37-42), Jesús nos recuerda que el amor a Él ha de ocupar el primer lugar antes que a los demás, incluso nuestros padres…
Guardó silencio, los miró con confianza y dijo:
—Hay una razón muy poderosa: Para amar a los demás, incluso a nuestra propia familia, necesitamos primero amar a Dios…
Hizo una pausa, tomó un poco de agua y, con un gesto de necesidad, añadió:
—Cuando Dios ocupa el primer lugar, es cuando realmente aprendemos a amar de verdad a nuestros padres, hermanos, amigos… a los demás…
Hizo una pausa, los miró con cara de sorpresa y añadió:
—¡Incluso a nuestros enemigos!
Cerró la Biblia y, con la mirada perdida, concluyó:
—No olviden que este evangelio termina de la manera siguiente: «Y todo aquel que dé de beber tan solo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños, por ser discípulo, os aseguro que no perderá su recompensa».
Se trata de vivir en una actitud generosa, que no significa heroica, sino cotidiana, encontrándonos con el Señor en los pobres y los sedientos. Porque, sin el Señor, nuestra capacidad de amar está limitada por la razón humana.
Son esos pequeños gestos de cercanía, capaces de aliviar un sufrimiento o de devolver una esperanza, los que ensanchan la vida y le dan verdadero sentido.
Es la lógica del Evangelio. Allí donde el mundo cree que quien da pierde, Jesús nos descubre que quien entrega su vida por amor es quien verdaderamente la encuentra.
Nos lo dice claramente: «El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.