lunes, 27 de julio de 2026

PACIENCIA Y CUIDADO

Mt 13, 31-35

Todas las cosas tienen un principio. Nada empieza grande; siendo primero pequeño, se llega con el tiempo a lo grande.

La propia vida nos enseña ese recorrido y nos muestra cómo, con paciencia y tiempo, las cosas van creciendo y desarrollándose.

La conclusión es evidente: Para que la vida florezca, hacen falta paciencia y cuidado.

—Estoy de acuerdo —dijo Pedro—, pero me pregunto qué pasa cuando ese camino se interrumpe…

Mirando a Manuel, preguntó.

—¿Has pensado en esa posibilidad?

Manuel, sin inmutarse y dando a entender que esperaba esa pregunta, respondió.

—No solo lo he pensado; cuando no se dan las condiciones adecuadas, todo termina por venirse abajo…

Le miró complacidamente y añadió.

—Si la semilla no recibe el agua necesaria, no prospera; lo mismo ocurre si recibe un exceso de agua… Cuando no se cultiva como es debido, su vida está contada…

Guardó un breve silencio y, elevando la mirada hacia el cielo, exclamó.

—Las prisas, como la desaliento, no son buenas consejeras.  Y corremos el peligro de desanimarnos al experimentar nuestros propios fracasos.

Pedro y los compañeros presentes comprendieron que en muchos momentos podemos dejar que el desánimo nos paralice cuando constatamos que nos hemos esforzado, pero, por una u otra causa, las cosas no salen como esperábamos.

Manuel, observando el pesimismo reinante, levantó los brazos y comentó.

—El Evangelio (Mt 13, 31-35) nos invita a tener una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad…

Hizo una pausa, esperó unos segundos y continuó.

—Necesitamos dedicar tiempo a lo verdaderamente importante, a dedicar a Dios el tiempo que da sentido a todos los demás tiempos.   

Las grandes obras de Dios nacen de los detalles cotidianos y sencillos. Nos invitan a no desanimarnos cuando nuestros esfuerzos por anunciar el Evangelio parecen pequeños o insignificantes. 

Así es el Reino de Dios: una realidad que, a los ojos del mundo, parece débil e irrelevante, pero que posee una fuerza transformadora inmensa. 

Para formar parte de ese Reino, es necesario ser pobres de corazón; no confiar en nuestras propias capacidades, sino en la fuerza del amor de Dios; no buscar ser importantes a los ojos del mundo, sino valiosos a los ojos de Dios, que tiene predilección por los sencillos y los humildes.