| Lc 4, 16-30 |
Cuando algo se quiere comunicar, debe estar apoyado en la verdad. Y esa verdad solo la puede dar aquel que tiene la suficiente autoridad para anunciarla.
Nadie de este mundo nos puede dar esa garantía. Jesús no solo da testimonio de la Verdad, sino que Él mismo es la Verdad, el Camino y la Vida.
Y es así como está escrito en el evangelio de Lucas 4, 16-30:
—En aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor».
Manuel, que era quien hablaba, hizo una pausa y siguió:
—Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Al terminar de proclamar el evangélico, cerró la Biblia y añadió:
—Sin embargo, al final fue rechazado. Al parecer, como Él dijo: nadie es profeta en su tierra.
Esta misma lógica aparece con fuerza en la enseñanza de san Pablo; sin desdeñar lo humano, el Espíritu de Dios trasciende las lógicas a las que está acostumbrado el ser humano.
En el evangelio, los últimos se vuelven primeros; perder la vida por el Reino, en realidad, significa ganarla, etc.
Así, en la lógica de san Pablo, la fragilidad humana, abierta a la fuerza de Dios, se convierte en Buena Noticia de salvación… en Jesús, en primer lugar, como Crucificado, y en el apóstol, por consecuencia, como Su instrumento.