| Mt 16, 21-27 |
Es inevitable rechazar la cruz. Nadie en sus cabales permanece impasible ante el sufrimiento de las personas que amamos; queremos evitarlo a toda costa.
Por otro lado, si alguien te pregunta: «¿Quieres perder tu vida?», la respuesta lógica sería: «No, no quiero perder mi vida». Hasta en el Deuteronomio, Dios nos propone elegir entre dos caminos: «la vida y el bien, o la muerte y el mal».
Está claro: desde la sensatez, todos optaríamos por la vida, por conservarla, por no perderla.
Manuel guardó un breve silencio. Miró a los tertulianos y preguntó:
—¿Tiene alguien algo que decir?
Pedro, sin pensarlo, levantó la mano y añadió:
—Todos queremos ganar la vida, pero eso de perderla no llego a entenderlo. Creo que, si podemos elegir, todos queremos lo primero.
Nadie dijo nada. Manuel, mirándole con ternura, abrió la Biblia y leyó:
—Evangelio según san Mateo 16, 21-27: «En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Hizo una pausa y continuó:
—Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Todos permanecieron en silencio. Entonces Manuel, con tranquilidad, siguió:
—Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga».
Y, alzando suavemente la voz, añadió:
—«Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará».
Dio un paso adelante y, con una mirada serena, concluyó:
—¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
Manuel cerró lentamente la Biblia.
—No se trata de buscar el sufrimiento ni de querer cargar con una cruz que no nos corresponde. Se trata de asumir nuestra propia cruz siguiendo a Jesús. Él entregó su vida por amor, haciendo de su cruz el camino de la liberación y de la vida para el mundo.
Pedro permaneció pensativo. Manuel lo miró y añadió:
—Tal vez perder la vida por Jesús no significa dejar de vivir, sino aprender a vivir de otra manera: dejando atrás el egoísmo, el miedo, la comodidad y todo aquello que nos impide amar. Pedro, y todos nosotros, estamos invitados a asumir nuestra propia cruz en este proceso de identificación con la vida y la causa de Jesús.
Hubo de nuevo un breve silencio.
—Quizá la pregunta no sea si queremos perder nuestra vida —concluyó Manuel—, sino por quién y para qué estamos dispuestos a entregarla.
La cruz cristiana no consiste en buscar sufrimiento, sino en amar cuando amar cuesta.
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