| Mt 13, 54-58 |
Nos cuesta descubrir el valor de las cosas cercanas, de aquello que forma parte de nuestra vida cotidiana. Pocas veces valoramos un vaso de agua cuando siempre está al alcance de la mano.
Nuestro comportamiento es diferente cuando entramos en contacto con algo que nos es extraño, que no conocemos y que nos sorprende. Quedamos deslumbrados y valoramos su presencia.
—Hasta el extremo —dijo Pedro—, con cierto escepticismo, de mostrarnos indiferentes a las palabras de alguien de nuestro propio pueblo.
Manuel, corroborando lo que afirmaba Pedro, añadió.
—Así es, a lo nuestro no le damos importancia; en cambio, magnificamos lo que viene de afuera…
Guardó unos segundos y agregó.
—Al parecer esa es la mala costumbre o la simpleza que nos acompaña. Lo nuestro tiene poca importancia y hace realidad la frase de que nadie es profeta en su tierra.
No hubo ninguna respuesta. Todos parecían estar de acuerdo: con frecuencia miramos con desdén lo que nos resulta conocido.
Manuel
se levantó, adelantó unos pasos y con una mirada no muy agradable, como dando a
conocer que no se resignaba a tal forma de pensar, comentó:
—Jesús vivió esa experiencia. Se escandalizaron en su propia tierra de sus obras y palabras. Fue Él mismo quien dijo: «Solo en su tierra (Mt 13, 54-58) y en su casa desprecian a un profeta»…
Hizo una pausa y aclaró.
—Ante sus palabras surge el asombro, pero también el escepticismo…
Los miró con firmeza y agregó.
—Los vecinos se maravillan de su sabiduría, pero lo rechazan al recordar sus humildes orígenes familiares, provocando que Jesús señale que un profeta no es estimado en su propia tierra y que no obre muchos milagros allí debido a la falta de fe de la gente.
El ambiente, aparentemente resignado, despertó. Muchos movieron la cabeza; otros rodaron sus sillas, y la mayoría mostraba cara de culpabilidad.
Sí, ¿cuántas veces juzgamos a personas por sus orígenes, a realidades por nuestros prejuicios? ¿Cuántas veces nuestra familiaridad con algo nos impide ver su profundidad y verdad?
Cuando reducimos lo divino a lo meramente humano o nos dejamos llevar por los prejuicios, dejamos de reconocer la gracia de Dios actuando en lo cotidiano.