| Jn 3, 13-17 |
No es la cruz lo que miramos, sino a quien está clavado en ella, nuestro Señor Jesucristo. Y lo miramos, crucificado en la Cruz, porque al entregar su Vida, salva la nuestra.
También nosotros sabemos que llegará un momento en el que tengamos que compartir esa cruz, la de la muerte. Y, por nuestra fe, la esperamos confiados en que resucitaremos como nos ha prometido el Señor.
Con esa esperanza vivimos agarrados a la promesa del Señor: “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).
Guardó silencio, levantó la mirada y preguntó:
—¿Alguno quiere decir algo respecto a lo que hemos leído?
Pedro, que había estado muy atento, dijo:
—A mí me parece que el Señor no ha venido a quitarnos nuestras cruces, sino a darles sentido.
Hizo una pausa, miró a Manuel y continuó:
—Si la vida termina con la muerte, no le encuentro sentido a este mundo…
Se inclinó y, poniendo la mirada fija en los que estaban a su lado, añadió:
—Hay tantas injusticias, abusos, engaños, sufrimientos, desigualdades que tienen que ser juzgadas y restituidas. Y eso solo, por sentido común, exige que esta vida continúe.
Manuel, que escuchaba con mucho agrado, intervino:
—Estoy de acuerdo. La razón nos hace pensar que tiene que haber otra vida en la que la verdad salga finalmente a la luz, en la que cada persona responda de lo que ha hecho y en la que la justicia que tantas veces falta aquí encuentre su plenitud.
Entonces, alguien levantó la mano y preguntó:
—Pero, si quienes hayan cometido injusticias se arrepienten. ¿No son perdonados?
—Claro que lo son —respondió Manuel—. Pero el arrepentimiento verdadero tiene que darse mientras vivimos y lleva consigo, en la medida de lo posible, reparar el daño causado».
Y abriendo la Biblia, leyó:
—Del santo evangelio según san Juan 3, 13-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios».
Cristo es levantado en la cruz. Su aparente fracaso es precisamente su entrega amorosa. Dios salva por amor. Creer en Él significa aceptar su camino. También nosotros estamos llamados a vivir nuestras pequeñas «cruces» sin buscar siempre reconocimiento.