viernes, 4 de septiembre de 2026

VINO AÑEJO O VINO NUEVO

Lc 5, 33-39

Es posible que, sin darnos cuenta, hayamos ido formando una mentalidad atada a leyes, esquemas y tradiciones que nos paralizan y no nos dejan avanzar con frescura y novedad.

En ocasiones, somos nosotros mismos quienes ponemos en tela de juicio al otro y nos acercamos desde la sospecha, los prejuicios, las ideologías, las expresiones negativas e incluso las medias verdades sacadas de contexto.

Nos cuesta romper con ese pasado, filtrado en nuestro corazón, y abrirnos a la novedad que nace en los nuevos tiempos.

La novedad que nos enseña el Evangelio rompe la horma de la ley antigua y la trasciende, llevándola a su plenitud en el vino nuevo del Reino. Jesús no libera del ayuno por ser una práctica antigua, sino de la atadura a una prescripción que corre el riesgo de perder de vista su sentido, el porqué y para quién se realiza.

«Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “Está bueno el añejo”». La invitación no es al inmovilismo ni a rechazar lo nuevo, sino a abrirnos a aquello que es bueno y a cuestionar, cuando sea necesario, nuestras respuestas y maneras habituales de vivir la fe.

—Me gustaría conocer qué piensan sobre el ayuno —preguntó Manuel.

Pedro levantó la mano y dijo:

—Me parece que el ayuno debe tener un porqué, una razón. No es cosa de norma o costumbre.

—Yo también pienso lo mismo —comentó otro tertuliano—. El ayuno debe estar justificado y tener sentido. No se trata de ayunar por ley.

Manuel, mirándolos con ternura, añadió:

—Estoy de acuerdo. Eso es lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy (Lc 5, 33-39).

Y, abriendo la Biblia, empezó a leer:

En aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:

«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».

Jesús les dijo: «¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán en aquellos días».

Hizo una pausa y continuó la lectura:

Les dijo también una parábola: «Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.

Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán. A vino nuevo, odres nuevos. Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

En nuestro camino de identificación con la persona de Cristo y con sus sentimientos, como hijos e hijas de Dios, nuestros odres han de mantenerse siempre abiertos a un esfuerzo constante de renovación.

Mientras que el ayuno de los discípulos de Juan el Bautista era expresión de humillación, tristeza y arrepentimiento, ahora Cristo, con su vino nuevo, apunta y dispone a la celebración del perdón y la misericordia, a la fiesta de la promesa esperada y cumplida en su persona.

Hoy podemos replantearnos si nuestra adhesión a la persona de Jesús nos aferra a tradiciones y disposiciones humanas que nos convierten en «vinagre para nosotros mismos y para los otros», o si, por el contrario, nos dejamos transformar por el vino nuevo del Evangelio.

Repensemos si la novedad que aporta Cristo a nuestra vida y a nuestras comunidades destila vida y alegría, verdad y paz sobreabundantes. (Hna. María José Abad, Dominica de la Anunciata)