sábado, 15 de agosto de 2026

UNA MIRADA IMPREGNADA DE CARIÑO

Lc 1, 39-56

Es posible que muchos acontecimientos pasen por delante de nosotros y no nos demos cuenta. A veces no somos capaces de mirar más allá de lo que realmente tenemos delante ni de interpretar el significado de lo que vemos.

Desde hace tiempo me di cuenta de que este pasaje evangélico de Lucas 1, 39-56 es uno de esos milagros que, quizás, no adviertes fácilmente, pero en cuanto te paras y meditas, «descubres que estás ante un verdadero milagro».

Estamos en un contexto donde moverse no es nada fácil ni rápido. No hay medios para comunicarse. Las noticias tardan mucho en saberse. Son lentas y tardías.

Imaginemos cómo María, después de ser anunciada como la elegida para ser la Madre del Mesías, se encamina humildemente para visitar a su prima Isabel.

Cuando Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y, levantando la voz, exclamó: ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la Madre de mi Señor? 

Me pregunto, ¿no es esto un milagro?

Muchas veces pedimos una prueba, un milagro o algún hecho que despierte nuestra fe. Sin embargo, nuestra mirada se queda en lo puramente humano y no se abre más allá de lo evidente, descubriendo lo no dicho, lo velado y lo que realmente tenemos delante.

Pidamos ser capaces de, como María, movernos de nuestro centro para situarnos en el mundo del otro, en su encrucijada, en su realidad. Salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, ser más humanos y más sensibles a las realidades ajenas.

El milagro no siempre es algo espectacular que irrumpe desde fuera; puede estar ocurriendo delante de nosotros y no percibirlo porque nuestra mirada no sabe descubrirlo.

¿Cuántos milagros de Dios estarán pasando delante de mí sin que yo sea capaz de reconocerlos?

Abramos nuestros ojos a todo lo que nos rodea que nos habla de la presencia de Dios en nuestra vida.