| Jn 19, 25-27 |
Es indudable que tenemos que pararnos y reflexionar para darnos cuenta de muchas cosas que pasan desapercibidas. Hay momentos en que somos capaces de hacerlo, pero otros se nos escapan envueltos en la telaraña del mundo en que vivimos.
A veces pienso que nuestra memoria es olvidadiza, y lo es porque, de no serlo, quizá no podríamos vivir.
Pronto nos olvidamos de las cruces con las que hemos cargado en nuestra vida y, gracias a ello, seguimos adelante, renovando nuestras esperanzas. Sin embargo, quieras o no, las cruces están ahí para recordarnos cuál es el verdadero camino de nuestra vida.
María, la Madre de Dios, es referencia de dolor. De ahí su advocación como Señora de los Dolores. Dolores que conocemos, que evocamos con frecuencia y que, quizá, no llegamos a valorar en toda su intensidad el sufrimiento con el que la Virgen los aceptó y padeció.
Hoy, día en el que recordamos las angustias y el camino de dolor que padeció María, la Madre de Dios, volvemos nuestra mirada hacia ella y la tomamos como modelo de seguimiento a su Hijo.
Imagino la escena y me sitúo cerca del lugar que nos indican, en el Calvario de Jerusalén, donde se encontraba María con otras mujeres y el discípulo amado: ese resto pobre de Israel que todo lo espera del Señor.
Excepto este pequeño grupo, todos habían huido llenos de miedo, también de dolor, para no presenciar aquel escarnio: el maestro bueno, el amigo maltratado, despojado y expuesto, también a la indiferencia. Ellas seguían allí, con sus ojos fijos en su rostro y atentas a sus últimas palabras.
Contemplamos la escena como si se tratase de una nueva Anunciación, en la que el Hijo se convierte en mensajero de la nueva maternidad universal de María. Al pie de la cruz, María vuelve a recibir una misión: acoger como hijos a quienes permanecen junto a Jesús y, con ellos, a toda la humanidad.
Con el discípulo amado, que permanece a los pies de la cruz junto a las mujeres que tanto amaban a Jesús, nos podemos sentir acogidos maternalmente, recibiendo el amor incondicional que nos regala su generoso corazón.
Y recordar a tantas mujeres fuertes que, con dolor, pero también con fortaleza y coraje, sostienen la vida en este mundo roto. Esas mujeres que, en medio del sufrimiento, siguen generando redes de compasión para evitar que el mundo se hunda.
Moniciones:
Con el paso del tiempo nos damos cuenta de que, en muchos momentos de nuestra vida, el dolor nos enseña a sostenernos firmes y a fortalecer nuestras esperanzas.
Cuando nos encontramos a mitad de nuestro camino, descubrimos que el dolor ha sido el que nos ha hecho madurar en nuestros criterios y crecer en firmeza.
La cruz, vivida desde la fe, puede convertirse en camino de fortaleza y esperanza.