jueves, 10 de septiembre de 2026

SOLO VALE EL AMOR

Lc 6, 27-38

—Cuando oigo que tengo que amar a aquel que incluso me hace daño, se me erizan los pelos de la cabeza. Me parece que eso, por lo menos desde mi naturaleza humana, es imposible.

Manuel, esbozando una ligera sonrisa, miró a Pedro y dijo:

—Si te empeñas en amar con solo tus fuerzas, estás perdido. No lo conseguirás. Pero, si lo haces poniéndote en manos del Espíritu Santo, todo cambia.

Se levantó y, encogiéndose de hombros, añadió:

—No, la cosa no es sencilla. Se necesita tu colaboración y esfuerzo, pero, abiertos a la acción del Espíritu Santo, tu corazón endurecido…

Los miró con ternura y agregó:

 —Se puede transformar en un corazón suave, bueno, paciente, comprensivo y humilde.

Pedro permaneció en silencio y con la cabeza gacha. No daba señales de estar de acuerdo. Entonces, Manuel, tomó la Biblia y leyó:

—Lectura del santo evangelio según san Lucas 6, 27-38:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.

Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

Hizo una pausa, observó las caras de los que le escuchaban y, con ternura, continuó:

—Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.

Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.

Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

Esta página del evangelio no necesita explicación, se entiende demasiado bien. La cuestión es cumplirla, adecuar nuestro estilo de vida a esta enseñanza de Jesús, que además es un maestro con autoridad porque es el primero en vivir lo que dice. El amor que nos pide es como el que Él nos dio: hasta el extremo.

Sí, en las bienaventuranzas nos decía: “Dichosos vosotros cuando os odien y os insulten”; hoy aumenta y desarrolla esa bienaventuranza amando a los enemigos; haciendo el bien a los que nos odian; bendiciendo a los que nos maldicen; orando por los que nos injurian; poniendo la otra mejilla; y despojándonos hasta de la túnica… 

Y por si no nos ha quedado claro, nos dice: Si amáis solo a los que os aman, si hacéis el bien a los que os hacen bien, si prestáis solo cuando esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? 

Moniciones: 

Después de escuchar esto, ¿podemos ser los mismos en nuestras relaciones?, ¿podemos seguir creyendo que somos buenos cristianos?, ¿podemos rezar tranquilamente el Padrenuestro, y pedir que perdone nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden?

Incluso podemos pensar que esto es imposible, pero Jesús nos conoce bien y nos da la receta “milagrosa” y fácil para vivir su mandamiento del amor: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.

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