Amor y perdón están intrínsecamente
unidos. Nos acercamos al perdón porque amamos, y el amor abre nuestro corazón para
recibir el perdón y la gracia.
El amor nos lleva a desear cambiar
las cosas, y la respuesta es el perdón. Y si nos fijamos, vemos nuestra
semejanza con Dios, pues ese amor es también el de Dios.
Porque Dios nos ama y nos perdona infinitamente.
El amor nos sana, es un medio de encuentro con uno mismo, con los demás y con
Dios.
—¿Crees que somos conscientes —dijo
Manuel— de este amor que Dios nos tiene y nos regala?
—Creo que no —respondió Pedro—, no nos
damos cuenta de la realidad… Supongo que es parte del esfuerzo que tenemos que
hacer por reconocer la grandeza y el misterio del amor de Dios.
Manuel guardó un breve silencio y
añadió:
—Mirando la cruz podemos entender la
medida de ese gran amor que Dios nos tiene. Ha entregado la Vida de su Hijo
para salvar la nuestra.
Hizo una pausa y, mirándonos, continuó:
—Y ese amor se manifiesta
constantemente en nuestra vida en el sacramento de la reconciliación. Nos
perdona una y otra vez, siempre que acudamos a Él con un corazón arrepentido.
—En muchos momentos —intervino Pedro— somos
tentados por las apariencias e inclinados a juzgar sin fundamentos. Y eso nos lleva a la hipocresía.
Entonces, Manuel, tomó la Biblia y
leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 7, 36-50: En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él
y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
En esto, una mujer que había en la
ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo,
vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás
junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los
enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con
el perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había
invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es
la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo: «Simón,
tengo algo que decirte». Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo: «Un prestamista tenía
dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no
tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más
amor?».
Respondió Simón y dijo: «Supongo que
aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús: «Has juzgado
rectamente».
Al terminar de leer, comentó:
—En muchos momentos juzgamos sin mirar
para nosotros mismos. Somos capaces de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga
en el nuestro.
Todos se habían dado cuenta de cómo,
quizá sin darnos cuenta, estamos ávidos de juzgar al prójimo sin reparar en nuestras
faltas.
Moniciones publicaciones jueves 170926
Y nosotros, ¿confiamos en el perdón y la misericordia de Dios como lo hizo esa mujer?
¿Crees que esta búsqueda de paz y reconciliación va a llenar de paz y esperanza tu corazón?