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jueves, 17 de septiembre de 2026

AMOR Y PERDÓN

Lc 7, 36-50

Amor y perdón están intrínsecamente unidos. Nos acercamos al perdón porque amamos, y el amor abre nuestro corazón para recibir el perdón y la gracia.

El amor nos lleva a desear cambiar las cosas, y la respuesta es el perdón. Y si nos fijamos, vemos nuestra semejanza con Dios, pues ese amor es también el de Dios.

Porque Dios nos ama y nos perdona infinitamente. El amor nos sana, es un medio de encuentro con uno mismo, con los demás y con Dios.

—¿Crees que somos conscientes —dijo Manuel— de este amor que Dios nos tiene y nos regala?

—Creo que no —respondió Pedro—, no nos damos cuenta de la realidad… Supongo que es parte del esfuerzo que tenemos que hacer por reconocer la grandeza y el misterio del amor de Dios.

Manuel guardó un breve silencio y añadió:

—Mirando la cruz podemos entender la medida de ese gran amor que Dios nos tiene. Ha entregado la Vida de su Hijo para salvar la nuestra.

Hizo una pausa y, mirándonos, continuó:

—Y ese amor se manifiesta constantemente en nuestra vida en el sacramento de la reconciliación. Nos perdona una y otra vez, siempre que acudamos a Él con un corazón arrepentido.

—En muchos momentos —intervino Pedro— somos tentados por las apariencias e inclinados a juzgar sin fundamentos.  Y eso nos lleva a la hipocresía.

Entonces, Manuel, tomó la Biblia y leyó:

—Del santo evangelio según san Lucas 7, 36-50: En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.

En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.

Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».

Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó:
«Dímelo, Maestro».

Jesús le dijo: «Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».

Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más».

Le dijo Jesús: «Has juzgado rectamente».

Al terminar de leer, comentó:

—En muchos momentos juzgamos sin mirar para nosotros mismos. Somos capaces de ver la mota en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro.

Todos se habían dado cuenta de cómo, quizá sin darnos cuenta, estamos ávidos de juzgar al prójimo sin reparar en nuestras faltas.

Moniciones publicaciones jueves 170926

Y nosotros, ¿confiamos en el perdón y la misericordia de Dios como lo hizo esa mujer?

 ¿Crees que esta búsqueda de paz y reconciliación va a llenar de paz y esperanza tu corazón?

miércoles, 8 de octubre de 2025

LO QUE IMPORTA: AMAR Y SER MISERICORDIOSO

Lc 11, 1-4

    No daba crédito a lo que veía. El saldo del banco no coincidía con la contabilidad de la empresa. Faltaban cincuenta mil euros. El corazón se le aceleró

    Algo había sucedido.  Su cabeza no atinaba a centrarse y, desesperado, pidió un extracto de la cuenta.

   Confundido y sin encontrar explicaciones, Sebastián comprobaba que había varios cargos de cinco mil euros. Sumaban unos cincuenta mil euros. Enseguida pensó que su socio había sacado ese dinero, pues el concepto decía: tarjeta de crédito. Nadie, sino solo él y su socio, tenían tarjeta de crédito.
 
   Días después, aun sin poder creerlo, Sebastián habló con su amigo Manuel sobre lo ocurrido.

  Ahora —Manuel—, creyó oportuno compartirlo, como un buen testimonio que traía una buena enseñanza.
 
    —¿Y qué sucedió después? —preguntó Pedro, entusiasmado por saber la respuesta.
 
    Las pruebas eran contundentes. Había pedido los recibos y no se podía esconder la retirada de ese dinero. Era obvio reconocerlo y confesar su culpabilidad. Y eso fue lo que hizo.

    —Reconoció haberlo sacado —respondió Manuel— que conocía esa historia, para jugárselo en el Casino. Pidió perdón alegando que el vicio le pudo y no resistió la tentación de sacar el dinero, pensando en recuperar lo que ya había perdido.
    —¿Y le creyó? —dijo Pedro con cara de asombro.
   —Sí, sabía de su vicio al juego, pero no tanto de su falta de seriedad y, sobre todo, honradez. No estaba seguro de la verdad de su confesión y ya no sostenía su confianza en él.
    —Entonces, ¿cuál fue su reacción?
  —La de un creyente. Aquellas palabras de Jesús (Lc 11, 1-4), enseñando el Padrenuestro a sus discípulos, resonaron fuertemente en su corazón: «Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación».
    —¿Y le perdonó?, dijo Pedro estupefacto.
    —Sí, —respondió Manuel. No fue fácil. La herida de la traición seguía abierta. Pero las palabras del Padrenuestro, que tantas veces había repetido casi sin pensar, ahora resonaban con fuerza nueva. ‘Perdónanos… como también nosotros perdonamos.
 
   Sebastián entendió que no bastaba con alabar a Dios con los labios si su corazón no era capaz de perdonar. Porque solo quien ama y tiene misericordia puede llamar con verdad a Dios ‘Padre’.

viernes, 3 de junio de 2022

Perdonar, esa es la cuestión

El diálogo de Jesús con Pedro deja muy claro la cuestión del perdón. La Misericordia de Jesús queda fuera de toda duda. Pedro, que lo había negado tres veces, confiesa su amor al Señor y recibe el perdón de Jesús. Inmediatamente, me cuestiono, ¿perdono yo también a aquel o aquellos que me han ofendido o abandonado? Tras este hermoso diálogo la postura de seguidor de Jesús tal es Pedro, queda muy clara. Seguir a Jesús, es decir, amarle, implica perdonar como Él nos ha perdonado, y nos perdona a cada instante. Porque, ¿qué levante la mano quien esté libre de pecado?

Un amigo me contaba su experiencia con otro compañero. Me decía que aquel otro amigo le comentó: —no puedo perdonar a esa persona —se refería a otro que le había mentido varias veces. Sí, se me hace muy difícil perdonar cuando dudamos de la palabra de otro —comentó reafirmándose.

—Estoy de acuerdo con lo que dices y manifiesta —respondí con firmeza— pero, primero está la Palabra de Dios, que nos dice que, injertados en Él podremos llegar a perdonar como Él nos perdona. Y yo creo en su Palabra. Jesús perdonó a Pedro, sabiendo que le había prometido que no le negaría. Y lo hizo tres veces. Suficiente para perder la confianza en él y no perdonarle. Pero, encima lo pone al frente de la Iglesia.

 —Sí —respondió el compañero—. Eso demuestra y deja muy claro nuestra debilidad humana, y, por consiguiente, la necesidad de permanecer en Él.

Pensé «¿y cómo actuaría Jesús en estos casos, porque la situación de Pedro nos puede servir de ejemplo»

No cabe duda de que el tema del perdón es un gran problema por superar. Nos cuesta perdonar. Sobre todo cuando nos creemos que la razón nos asiste. Y eso, en lugar de desanimarnos debe servirnos de ánimo. Porque, no es un cualquiera quien nos lo propone. Lo ha vivido él primero. Nos lo dice Jesús, el Hijo de Dios. Y Él nunca se equivoca y, además, nos lo demuestra con su ejemplo y vida.

Por tanto, la conclusión, es que, injertados en el Señor, podemos llegar a perdonar como Él nos perdona. Y así se lo expuse al amigo — dije animándole.

Y yo también, pensé, «me siento lejos de perdonar de esa manera, elevo mi mirada al Señor, le confieso mi amor y trato de seguirle abandonándome en su manos. Y tú, ¿cómo lo ves?

jueves, 16 de septiembre de 2021

AMOR IGUAL A PERDÓN

 

Quien mucho ama, mucho se le perdona. Aquella mujer, supuestamente pecadora, había amado mucho y mucho perdón recibe. No son palabras que yo me invento, sino que son Palabras dichas por Jesús: Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.

 Y es que para perdonar hay primero que amar. O dicho de otra forma, quien ama está perdonando, porque sin amor no hay perdón. Y quien no ama guarda en su corazón odio, venganza y deseos de destrucción. Solo, amando, nace el perdón en nuestro corazón. El Amor de nuestro Padre Dios es Infinito y, también su Misericordia es Infinita.

Y tú, como también yo, tenemos que esforzarnos, primero en no juzgar para, luego, perdonar movidos por amor. Así nos perdona nuestro Padre Dios. Pensemos que cuando perdonamos estamos, al mismo tiempo recibiendo el perdón de nuestro Padre Dios.

jueves, 12 de agosto de 2021

EL AMOR SE TRADUCE EN PERDÓN

 

El amor se convierte en perdón, pues, de no ser así, ¿de qué amor estamos hablando? ¿De un amor que busca venganza, retribución, recompensa, cumplimiento...etc? Si ese fuese la clase de amor con la que nuestro Padre Dios nos amara, ¿estaríamos perdonados y esperanzados en alcanzar la prometida Vida Eterna en plenitud de gozo y felicidad?

La experiencia nos dice que donde hay amor se hace presente el perdón. Porque, esa es la experiencia que el hombre tiene con respecto a su Padre Dios. Amar conlleva perdonar y quien perdona es porque realmente ama. Amor y perdón se conjugan en el mismo verbo. Ambos no siendo lo mismo se identifican y complementan. Todos -que levante la mano quien no lo necesite - estamos necesitados de perdón, porque todos hemos cometidos pecados y somos pecadores. 

Necesitamos perdón y, no una, dos o tres veces, sino siete veces setenta. Es decir siempre que tengamos necesidad de buscar ese perdón que nos renueve y nos llene de esperanza.  Nuestra historia está llena de perdón. Si estamos vivos y esperanzados en vivir plenamente en felicidad eterna es gracia al perdón e infinita misericordia de nuestro Padre Dios. Y nos salvamos en la medida que también nosotros perdonamos. Lo cual significa que si no estamos dispuestos a perdonar tampoco nosotros seremos perdonados.

domingo, 13 de septiembre de 2020

DEUDOR INSOLVENTE

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Sin perdón no puedo salvarme.  Soy un deudor perpetuo debido a que mi deuda me es imposible pagarla. La realidad de mi vida es esa. No tengo esperanza de saldar mi deuda con mi Padre Dios. Nunca podré satisfacer la deuda de mis pecados y, mi única esperanza es confiar y creer en la Infinita Misericordia de mi Padre Dios. Es esa, su Misericordia la que realmente me salva.

El perdón es la expresión del amor, pues, estás amando cuando perdonas, y, en la medida de tu perdón serás perdonado. Pero, pensemos, el perdón misericordioso de Dios tendrá efecto y relación con el perdón que tú tengas con los demás. Eso no lo deduzco yo, y, menos, lo digo. Eso lo dice Jesús en la parábola que hoy nos expone en el Evangelio: Por eso el Reino de los Cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al empezar a ajustarlas, le...

Un amor que, semejante al de nuestro Padre Dios, se caracteriza por la incondicional disponibilidad de amar a los amigos, familiares, conocidos y, sobre todo, a enemigos. Jesús no nos mira por nuestros actos de piedad desencarnados de la realidad de nuestra vida. Sólo, si estos responden coherentemente a lo que realmente vivimos cada día y coinciden con la Voluntad de su Padre, serán del agrado de Él.

Porque, una cosa debe quedarnos meridianamente clara, el salir de nuestras comodidades para darnos en servicio incondicionalmente a los demás, sean amigos o enemigos, es la única expresión del amor verdadero a Dios, y de hacer, precisamente, su Voluntad. Sólo así toda nuestra hoja de piedad tiene verdadero y auténtico sentido.

jueves, 20 de septiembre de 2018

SIEMPRE HAY ALGÚN PERO...

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Nunca quedamos satisfecho ni aceptamos la corrección. Nos duele quedar por debajo de quien nos ha corregido y buscamos alguna justificación que nos deje en nuestro lugar, aquel que nosotros creemos y nuestro orgullo y soberbia nos señala. Así ocurrió con aquel fariseo del que sólo sabemos su nombre - Simón - porque Jesús lo dice al referirse a él. 

Estaba deseoso de invitar a Jesús a comer y entrando en su casa y recostado a la mesa una mujer... La historia que sigue la sabemos y la podemos leer en el Evangelio - Lc 7, 36-50 -  para refrescar lo sucedido. Supongo que a nosotros nos ha sucedido algo parecido y, pensando mal de una persona nos damos cuenta que después no era lo que pensábamos. Cuántas veces nos equivocamos a suponer conductas y actuaciones de otros sin tener juicios suficientes o, teniéndolos, evadimos nuestras propias actuaciones que inciden en el error o pecado de otros.

Estamos inclinados al juicio sobre el otro, sobre todo a descubrir sus errores, sus faltas, sus pecados y a considerarnos nosotros mejores. Sin embargo, no revisamos nuestras actuaciones ni nuestras formas de proceder. Permanecemos instalados en nuestras comodidades y cumplimientos que alteramos según nos convenga y nos parezca. Creamos nuestra propia ley de conducta interna y el amor es algo que utilizamos para nuestros intereses y egoísmos.

Es meritorio destacar la respuesta de Jesús al hacernos caer en la cuenta que cuanto más es tu amor más es la misericordia que recibes para el perdón de tus pecados. Y me hace caer en la cuenta del Padrenuestro, porque, en la medida que perdone, es decir, que ame, también serán perdonados mis pecados. 

lunes, 26 de febrero de 2018

INCLINADOS A NUESTRO EGOÍSMO

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Lc 6,36-38
Somos de barros, y lo somos porque estamos inclinados a ser egoístas. Nos es difícil escapar. Nuestras ambiciones, avaricias, intereses nos esclavizan y nos hacen tender a satisfacernos y ponernos por delante de los demás tratando de convertirnos en el centro de todo. Es nuestra forma de ser, por lo que, qué nos suceda eso es natural y la señal de que somos humanos.

El problema empieza cuando hacemos de eso nuestro camino y nuestro objetivo y lo convertimos en un egoísmo redomado. La lucha se centra fundamentalmente en nosotros mismos. Hemos de esforzarnos en nos ser centro de nosotros mismos y de luchar para tratar a los demás como si se tratara de nosotros. Nos lo dice Jesús: "Tratar a los demás como les gustaría que le tratasen a ustedes".

¿Nos consideramos con más derechos que otros? ¿Pensamos que tenemos derechos a la comprensión, a ser escuchados, a la compasión, al perdón, a la solidaridad...etc? ¿Y los demás? ¿No cuentan para nosotros? Esa es la cuestión y el núcleo del mensaje: "Amar a los otros como nos ama Jesús". Ese es el examen que tendremos que sufrir. No los cumplimientos y hoja de servicio, sino el amor que realmente damos y vivimos en nuestra vida. 

Claro, que ese amor será más auténtico, perfecto y generoso en la medida que lo vivamos injertados en el Espíritu Santo. Porque, es Él quien realmente nos capacita, nos convierte y nos hace realmente fraternos y compasivos con todos, incluso con los enemigos. El resultado final será el mismo que daremos nosotros a los demás. De modo que, en la medida que ame y perdone, también seré yo perdonado y amado.

Está fuera de duda que esa clase de amor, capaz de perdonar al que te persigue y busca tu muerte, no se podrá vivir fuera del amor de Dios e injertado en Él. Sin embargo, el Evangelio, la Palabra de Dios, está llena de sabiduría, válida para creyentes y no creyentes. Se trata simplemente de tener buen gusto y de preciarse de escoger lo mejor para ti mismo. Y eso no es sino aspirar a lo que realmente buscas, la Vida Eterna.

jueves, 31 de agosto de 2017

TODO SE REDUCE A UN MOMENTO

Mt 24,42-51
Nos jugamos nuestra vida en un momento. Y no sabemos cuándo, ni dónde, ni tampoco cómo. Pero toda tu vida, tus obras, tus afanes, tus proyectos y tu gozo y alegría, te la juegas en un instante. Ese mismo instante que sucedió con el buen ladrón -Lc 23, 39-43-. Todo fue en un momento. Su corazón se encontró con el de Jesús y supo reconocer su condición pecadora y postrarse a los pies de Jesús y a su Misericordia. Hermoso y emocionante, porque salvó su vida en un instante.

Hoy, ayer, en su audiencia de los miércoles, nuestro Papa Francisco nos hablaba de ese primer encuentro con Jesús que cambia nuestra vida. Para Dimas, el buen ladrón, ese momento, instantes antes de su muerte, fue el primer y ultimo encuentro con Jesús en la tierra, para luego pasar toda su vida con Él en el gozo eterno del Cielo. 

También nosotros hemos tenido ese primer encuentro con Jesús, y debemos traerlo a nuestra memoria, como nos recordaba el Papa, para gozar de él y refrescarlo, avivando nuestro primer amor con el Señor y llenarlo de entusiasmo y esperanzas renovadas. Porque no sabemos ese instante y debemos tener nuestra libreta de ahorros bien llena de horas gastadas por y con amor. Porque esa es la moneda de cambio que se acepta en el cielo. No se puede pagar sino con amor, y a quien le falte amor lo pasará muy mal.

Por lo tanto, la vigilia es lo más importante que podemos hacer en nuestra vida. No relajarnos con las cosas de este mundo, que, aunque nos apetecen y son buenas, pueden convertirse en nuestra perdición cuando las deseamos como fuentes de nuestra felicidad. Porque, en ellas no está la felicidad, pues son caducas y efímeras. Pertenecen a este mundo y todo lo de aquí abajo se corrompe y desaparece. Vigilar es, pues, lo que se impone, y eso significa estar atento a vivir amando y perdonando, tal y como vivió Jesús en su paso por este mundo.

Y para ello le necesitamos. Necesitamos relacionarnos con Él, y hacerlo nuestro alimento espiritual. Para ello, la Iglesia, con nuestro Papa a la cabeza, directo sucesor de Pedro, en quien Jesús fundó su Iglesia, nos ofrece la posibilidad de, en cada Eucaristía, alimentarnos con su Cuerpo y Sangre para mantenernos atento a nuestro instante y estar directamente con Él.