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| Lc 13, 18-21 |
Es bien sabido que todo tiene un principio y que nada aparece grande o terminado. Lo grande empieza por lo pequeño. También nuestra vida comenzó siendo pequeña.
Pero, casi sin darnos cuenta, hemos crecido. ¿Qué nos ha sucedido?
Nuestro cuerpo ha cambiado, nuestro corazón ha madurado y hoy somos más grandes, más maduros. Pero hay una pregunta que no podemos dejar de hacernos: ¿sabemos hacia dónde vamos?
Porque crecer no es solamente avanzar en edad. Nuestra vida tiene un sentido, una meta, y esa meta está en alcanzar la plenitud de la vida en Dios.
¿Caemos en la cuenta de esta realidad? Nos lo preguntamos.
Porque crecer sin una meta puede hacernos perder el sentido de nuestro camino.
Pero ¿dónde está nuestra meta? Seguimos preguntándonos.
No busquemos en el mundo la respuesta definitiva, porque las cosas del mundo no pueden ofrecernos por sí solas la plenitud que nuestro corazón anhela.
Busquemos en la Palabra de Dios. En el Evangelio de hoy, según san Lucas (Lc 13, 18-21), Jesús nos dice:
—En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Y dijo de nuevo:
«¿A qué compararé el reino de Dios?
Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que todo fermentó».
El Reino de Dios comienza en lo pequeño, crece y transforma. Y así debería crecer también nuestra vida de fe.
Pero ¿cómo es nuestro crecimiento? ¿Crece realmente nuestra fe, nuestra confianza en Dios y nuestro amor a los demás?
Porque puede suceder que, creyendo que avanzamos, estemos retrocediendo.
Todo aquello que nos aleja de lo que Dios nos propone nos aparta del crecimiento de su Reino en nosotros.
Por eso, no basta con crecer. Necesitamos crecer en la dirección correcta, dejar que Dios transforme nuestro corazón y hacer de nuestra vida un lugar donde también otros puedan encontrar acogida, esperanza y amor.
