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| Lc 12, 49-53 |
Teodoro estaba cansado. Su rostro reflejaba fatiga y cierta melancolía.
Manuel no pudo evitar preguntarle, con preocupación:
—Te veo triste, amigo. ¿Te ocurre algo?
Teo tomó asiento y, con voz apagada, respondió:
—Sí. Me siento derrumbado, aburrido y sin esperanza. No encuentro razones para seguir luchando y estoy a punto de rendirme.
Manuel, preocupado por sus palabras, le puso una mano en el hombro y le dijo:
—No te rindas, amigo. A veces, cuando las fuerzas nos fallan, necesitamos volver a la fuente que da sentido a nuestra lucha. Escucha estas palabras de Jesús.
Sacó la Biblia de su bolso, la abrió por Lc 12, 49-53 y leyó:
—En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!
¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.
Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».
Tras la lectura, se hizo un breve silencio. Teo levantó lentamente la cabeza. La terraza había quedado en silencio y todos parecían reflexionar sobre aquellas palabras.
Manuel tomó de nuevo la palabra:
—Las palabras de Jesús pueden parecernos duras. Él no busca la división por la división, sino que nos llama a tomar partido por la verdad, la justicia y el amor, aunque hacerlo nos cueste incomprensiones o conflictos. Seguirlo no siempre resulta fácil. Por eso necesitamos la fuerza del Espíritu y una fe capaz de sostenernos en las dificultades.
Hizo una pausa y continuó:
—A veces, la tentación consiste precisamente en abandonar, en pensar que nuestro esfuerzo no sirve para nada o que no merece la pena seguir haciendo el bien. Por eso necesitamos que Cristo habite en nosotros y que su Espíritu renueve nuestras fuerzas.
Todos comprendieron entonces que el fuego del que habla Jesús es una llamada a dejar que su amor encienda nuestro corazón, nos motive, nos impulse y nos lleve a comprometernos con una causa que merece la pena: seguir a Jesús y trabajar por un mundo mejor.
La fidelidad al Evangelio puede alterar una paz aparente y provocar incomprensiones, incluso en la familia. Pero Jesús no nos invita a buscar enfrentamientos, sino a construir una paz cimentada en la verdad, la justicia y el respeto a los demás.
Jesús expresa también su deseo de que la tierra arda. Es el fuego de un amor que transforma, que no destruye, sino que reconstruye a las personas, renueva los corazones y hace posible el nacimiento de un mundo nuevo.
Teo levantó la mirada. Sus dificultades no habían desaparecido, pero aquellas palabras le recordaban que no estaba solo y que aún había razones para seguir adelante. El fuego de Jesús podía devolverle la fuerza y la esperanza para continuar la lucha de cada día.

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