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| Lc 6, 12-19 |
La vida nos exige parar, aunque muchas veces no nos demos cuenta. Necesitamos detenernos para mirarnos tal como somos, reconocer lo que hacemos bien y descubrir aquello que necesitamos corregir.
Crecer y mejorar requiere una reflexión serena, sin prisas ni interrupciones. El camino se hace al andar, dice el poeta, pero también necesitamos detenernos de vez en cuando para mirar nuestro interior y orientar nuestros pasos.
Algo de esto les sucedió a aquellos discípulos elegidos por Jesús. Sin dejar de ser discípulos, fueron llamados a dar un paso más: convertirse en apóstoles, enviados a compartir con otros lo que habían recibido del Señor.
Caminar juntos ayuda a crecer, a mirarnos unos a otros y a comprometernos en la búsqueda del bien común. Pero no basta con caminar juntos. Es el Señor quien los hace bajar al llano de la vida cotidiana y los impulsa a ponerse en medio de los anhelos, los deseos y los sufrimientos de la gente, para compartir con todos la fuerza sanadora que viene de él.
Ayer, como hoy, el mundo necesita esta fuerza que sana, alienta y devuelve la esperanza.
En una realidad herida por tantas injusticias y sufrimientos, hacer memoria de los apóstoles puede ayudarnos a renovar nuestra vida en Dios y a descubrir de nuevo nuestra misión: compartir la fuerza sanadora del Evangelio y hacer presente, con nuestra vida, la Buena Noticia de Jesús.
