No cabe duda de que la vestimenta tiene su propio lenguaje. No es lo mismo acudir de cualquier manera que hacerlo teniendo en cuenta la ocasión. Cada momento tiene sus particularidades y cada espacio nos invita a adoptar una actitud adecuada.
No se trata solamente de cómo nos vestimos por fuera, sino también de lo que queremos expresar con nuestra presencia, nuestros gestos y nuestro comportamiento. De alguna manera, nuestra forma de estar en el mundo habla de nuestra identidad, de nuestros valores y de la importancia que concedemos a los demás.
Todos estamos invitados a construir un mundo de paz, de armonía, de respeto y de buena convivencia. Todos buscamos el bienestar, pero eso implica reconocer que la vida no gira únicamente a nuestro alrededor. También debe importarnos el bienestar de quienes comparten con nosotros el camino.
Porque, si tú vives bien, también yo podré vivir mejor. La dignidad, el respeto y la convivencia son bienes que nos conciernen a todos. Y a todos estamos invitados a contribuir a ellos.
Después de terminar de hablar, Manuel sacó la Biblia y dijo:
—En este Evangelio, Mateo 22, 1-14, Jesús habla en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Escuchad lo que nos dice:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron».
Manuel hizo una breve pausa antes de continuar:
—Entonces dijo a sus criados:
“El banquete de bodas está preparado, pero los convidados no se lo merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, llamadlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».
Manuel pasó a la última parte de la parábola:
—«Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de boda y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas”».
Al terminar de leer, Manuel cerró la Biblia y comentó:
—Hay algo que me llama la atención de esta parábola. El rey invita a muchos, incluso a quienes no estaban entre los primeros invitados. La sala termina llena de personas buenas y malas. Nadie parece quedar excluido de aquella llamada. Sin embargo, cuando el rey entra, descubre que uno de los invitados no lleva el traje de boda.
Entonces, levantando la voz, añadió:
—¿Qué significa esto? ¿Acaso Dios se fija en nuestra ropa? ¿Es cuestión de apariencias, de etiquetas o de maneras de vestir?
El silencio reinaba en la terraza. Todos escuchaban atentamente.
Manuel prosiguió:
—Quizás el problema no esté en el traje que llevamos por fuera, sino en el que vestimos por dentro. Podemos acudir a la iglesia, participar en las celebraciones y disfrutar de todo lo que se nos ofrece, pero ¿estamos dispuestos a dejar que el Evangelio transforme nuestra vida?
A veces defendemos nuestros derechos, buscamos nuevas experiencias y queremos disfrutar de todo cuanto está a nuestro alcance. Y no hay nada malo en disfrutar de la vida ni en reconocer nuestros derechos. El problema aparece cuando olvidamos nuestras responsabilidades, cuando esperamos recibirlo todo sin comprometernos con nadie.
Ese podría ser el traje que no corresponde al banquete: una actitud que acepta la invitación, pero no se deja transformar por ella; que disfruta de los dones de Dios, pero no se implica en su proyecto de amor.
Y mirándolos con ternura añadió:
—Porque Jesús no nos invita a su Reino para que seamos simples espectadores. Nos llama a participar, a servir, a perdonar, a trabajar por la justicia y a construir relaciones más humanas y fraternas.
El traje de boda, entendido así, no está hecho de telas elegantes ni se compra en ninguna tienda. Se confecciona cada día con nuestras actitudes, con la manera de tratar a los demás, con nuestra disponibilidad para ayudar y con el compromiso de hacer realidad los sueños de Dios.
La invitación al banquete es gratuita. Dios sale a los caminos, llama a todos y prepara la mesa sin hacer distinciones. Pero aceptar su invitación significa también estar dispuestos a cambiar, a revestirnos de los sentimientos de Jesús y a vivir de acuerdo con el amor que hemos recibido.
Quizás, por eso, la pregunta que hoy nos plantea el Evangelio no sea cómo vamos vestidos, sino qué estamos haciendo con la invitación que Dios nos ha hecho.
Porque no basta con ocupar un sitio en el banquete. Estamos llamados a convertir nuestra vida en una respuesta generosa a la llamada del Señor.
Y es que, en definitiva, el traje del Reino se reconoce menos por lo que aparentamos y mucho más por el amor que somos capaces de ofrecer.
