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| Lc 14, 1.7-11 |
Es algo connatural a nuestra propia naturaleza: nos gusta ocupar los primeros puestos. Desde siempre nos ha gustado destacar, ser admirado y señalado por nuestra posición.
Buscamos ese selfie con el que validar la propia imagen, el postureo, la apariencia, la vanidad de la imagen proyectada, el aplauso y la aprobación… en definitiva, la dictadura de las apariencias.
En el mundo, ser grande es conseguir que los demás te sirvan. En el Evangelio, ser grande es estar dispuesto a servir a los demás.
Desde hace unos dos mil años, Jesús lo denunciaba y todavía, en pleno siglo XXI, seguimos igual. Su propuesta consiste en ponerlo todo patas arriba: dejar de competir por los primeros puestos, no vivir pendientes del reconocimiento ajeno y aprender a ocupar el lugar del servicio, aunque nadie nos vea ni nos aplauda.
Al final descubrimos que es la mejor opción; es buena noticia y camino de felicidad. Porque el Señor hace maravillas con los pequeños, con quien no se cree grande, sino que da gran espacio a Dios en su vida.
Solo se trata de atreverse a experimentarlo en la propia vida. El Señor extiende su misericordia sobre quien confía en Él, y enaltece a los humildes.
El evangelio de Lc 14, 1. 7-11, lo narra así:
Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
—«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga:
«Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Como todos nosotros, Jesús experimentó la tentación de escoger el primer puesto. Lo cuentan los relatos de sus tentaciones. Pero venció la tentación: huyó cuando la multitud quiso proclamarlo rey. Más aún: Se vació de sí mismo, tomando la forma de esclavo, dice san Pablo. Lo hizo por amor, para estar más cerca de todos y cada uno de nosotros.
Y por eso fue exaltado. En primer lugar, exaltado por el Padre, que lo sentó a su derecha por encima de todo poder y de toda criatura. Pero también ante toda la humanidad.
Como nos dice hoy Jesús, el reino de Dios tiene unos criterios de grandeza completamente distintos a los del mundo. Todo el que se enaltece será humillado y todo el que se humilla será enaltecido.
No se trata simplemente de ocupar el último puesto, sino de no necesitar los puestos para sentirnos importantes. Cuando uno descubre que su valor no depende del reconocimiento ajeno, queda mucho más libre para amar, servir y hacer el bien.
