jueves, 1 de octubre de 2026

PORTADORES DE ANUNCIO Y DE PAZ

Lc 10, 1-12

Todos llevamos sembrada en nuestro corazón la semilla del bien, del amor y de la misericordia. Pero también llevamos zarzas y abrojos que pueden impedir que esa semilla crezca y dé los buenos frutos de amor y misericordia que todos deseamos dar.

Porque, ¿quién no quiere ser considerado una buena persona y sentirse querido por los demás? Sin embargo, muchas veces la avaricia, la soberbia y, en consecuencia, el pecado, pueden más que nosotros y terminan endureciendo nuestro corazón.

El Señor nos ha dado la libertad para decidir por nosotros mismos y, al mismo tiempo, nos envía delante de Él, como portadores de un anuncio y de una paz. Nos envía a tocar corazones, para que también aquello que parece un lobo pueda ser transformado.

Es una misión humanamente difícil, pero posible, porque Dios está detrás. Y para Él no hay nada imposible. Si nos la propone, es porque, yendo en su nombre y sostenidos por Él, podemos llevarla adelante.

Nos lo dice el Evangelio de hoy, de san Lucas:

Lucas 10, 1-12

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. Y les decía:

Hoy estamos llamados a sentirnos incluidos en esta misión, cada uno de nosotros. Y a salir de nuestro territorio existencial.

No para colonizar mentalidades ni para imponer nuestras formas de pensar. No para convencer a los demás de que nuestra manera de ver las cosas es la única posible.

Salir de nuestro mundo conocido, ese mundo del que nos hemos adueñado porque ya dominamos sus caminos y nos sentimos seguros en él.

Pero salir con una certeza: Cristo va por delante.

Y esta es, quizá, la primera misión: convertirnos personalmente.

Dejar a Dios ser Dios. Dejar que nos sorprenda. Dejar que nos saque de nuestras seguridades y nos enseñe a descubrir su presencia donde quizá no esperábamos encontrarla.

Predicar que el Reino de Dios está cerca, sí. Pero antes, incluso, descubrir que el Reino de Dios está cerca.

Está cerca cuando nos acogen, pero también cuando no nos acogen. Cuando nos escuchan, pero también cuando nos rechazan o nos desprecian.

Porque quizá ahí comienza nuestra verdadera conversión: en aprender a descubrir que Dios no deja de estar presente porque las cosas no salgan como nosotros queremos.

Y a esto estamos invitados todos: casados, religiosos, clérigos, enfermos, monjas de clausura, niños, adolescentes... Pecadores, todos.

Esta es nuestra misión: convertirnos para descubrir, en cada acontecimiento, en cada persona y en nosotros mismos, cómo está Dios presente.

Y, desde ese descubrimiento, anunciar una Buena Noticia: que no estamos solos.

No hay condición que nos excluya. No hay requisitos previos que puedan servirnos de excusa.

Todos hemos sido enviados.

Todos podemos ser portadores de anuncio y de paz.