| Lc 10, 38-42 |
Lo natural es buscar tranquilidad. Todos ansiamos la paz y luchamos para conseguirla. Pero puede ocurrirnos que ese esfuerzo por conseguirla nos traiga todavía más agitación e inquietud.
Es cuando advertimos que el remedio puede ser peor que la enfermedad. El ansia de paz nos trae más desasosiego.
Pedro, frunciendo el ceño, dijo:
—¿Qué hacer entonces? La paz hay que buscarla y, si no lo hacemos, estaremos siempre inquietos.
—Tienes razón —respondió Manuel serenamente—, pero nunca la búsqueda de la paz puede traernos más desequilibrio.
Hizo una breve pausa y añadió:
—Necesitamos buscar espacios de quietud… Y eso no se logra desde el agotamiento y el cansancio, que solo traen reproches.
Pedro, poniendo cara de enfado, dijo:
—¿Qué propones entonces? ¿Cómo buscarla?
Manuel, sentándose tranquilamente, comentó:
—Se trata de conjugar el descanso con la acción. Hay momentos en los que necesitamos detenernos, contemplar serenamente y escuchar al Señor. Y otros en los que, fortalecidos por esa escucha, pasamos a la acción.
Y abriendo la Biblia por Lucas 10, 38-42, leyó:
—En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
El rostro de Pedro reflejaba ahora serenidad. Sí, necesitamos acción, pero también oración. Ambas cosas son necesarias, usadas con sabiduría y equilibrio.
Pero siempre unidos al Señor, porque es de Él de donde nos viene todo: tanto la paz como la fortaleza para actuar.