martes, 3 de noviembre de 2026

INVITADOS AL BANQUETE

Lc 14, 15-24

Siempre me ha llamado la atención cuando nos apegamos tanto a las cosas cotidianas de cada día, anteponiéndolas a posibles invitaciones o pausas que la vida misma nos propone.

A veces me lo planteo personalmente, pues sin darme cuenta percibo que en muchos momentos me someto al horario y al cumplimiento más que al amor y la misericordia.

Hizo una pausa, lo miró con ternura y añadió:

Pedro frunció el ceño y, con cara de pocos amigos, añadió:

Manuel dejó escapar una ligera sonrisa y dijo:

Guardó un breve silencio y continuó:

Y mirándole fijamente con mucha seriedad, comentó:

Pedro desvió la mirada y, agachando la cabeza, permaneció pensativo.

La mesa no puede estar vacía, y Dios llama a quienes normalmente quedan fuera de esta para llenarla de personas enfermas, excluidas o heridas. Dios siempre se acuerda de quienes carecen de poder o de oportunidades para participar en las decisiones.

Quizá el problema no sea que falten invitados al banquete de Dios, sino que nosotros seguimos poniendo condiciones para sentarlos a nuestra mesa.

El mensaje de hoy es claro: toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación.

La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones capaces de construir, incluir y compartir el banquete del Señor, sin poner excusas para dejar a nadie fuera.