domingo, 18 de octubre de 2026

DE CÉSAR O DE DIOS

Mt 22, 15-21

A veces nos parece excesivo pagar tantos impuestos, aunque, al mismo tiempo, reclamamos servicios públicos que atiendan nuestras necesidades. 

Nos quejamos, muchas veces con razón, de lo que pagamos y de lo que recibimos, pero no siempre nos detenemos a pensar en la responsabilidad que tenemos todos en la construcción del bien común.

La costumbre es la de quejarnos, y casi siempre con razón, por lo elevados que son esos impuestos que nos exigen pagar. Sobre todo porque en muchas ocasiones no guardan una correspondencia entre lo pagado y los servicios recibidos.

Manuel, que había escuchado atentamente la conversación, levantó la mano y dijo:

Manuel, mirándolos a todos, cerró la Biblia y comentó:

Sin embargo, el Evangelio nos invita a una libertad más profunda: la de quien sabe distinguir lo pasajero de lo esencial y no permite que ningún poder, interés o ideología ocupe el lugar que corresponde a Dios.

Pero reconocer a Dios como centro de nuestra vida no significa desentendernos de las cosas del mundo. Al contrario: significa vivirlas con responsabilidad, trabajar por el bien común, defender la dignidad de cada persona y actuar con justicia, incluso cuando hacerlo nos resulte incómodo. 

Porque dar a Dios lo que es de Dios también nos exige preguntarnos si nuestra manera de vivir, de trabajar y de participar en la sociedad está de acuerdo con su Evangelio.