| Lc 10, 17-24 |
Hay circunstancias en las que, a pesar de que nos suceda algo que no deseamos, perseveramos en la alegría. Y eso es así porque nuestra vida no está apoyada en las cosas de este mundo, sino en sabernos en la presencia del Señor.
Y eso se nota hasta el extremo de que otros lo perciben cuando, en momentos de tristeza o dificultad, prevalece en nosotros la paz.
En ese momento, Juan, uno de los tertulianos, levantó la mano y dijo:
—Estoy de acuerdo. Cuando la vida está apoyada en la fe en el Señor, la situación, por muy trágica que sea, se vive y se acepta de otra manera.
Manuel, al oír estas palabras de Juan, tomó la Biblia y, en Lc 10, 17-24, leyó:
—En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno.
Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
Cuando terminó de leer todo el pasaje evangélico, comentó:
—Nuestra alegría no viene del éxito que tengamos ni de que las cosas nos salgan bien, sino de sabernos enviados en nombre del Señor y de que Él está con nosotros.
Hizo una pausa y añadió:
—Y también tenemos que dar gracias, porque Dios se comunica con nosotros y podemos descubrir cómo sus promesas se van cumpliendo en nuestra vida.
Todos asentían con gestos de conformidad. Es verdad, cuando se está con el Señor, las cosas, ya sean buenas o malas, se viven de otra manera y se aceptan sabiendo que Dios está siempre presente y que su Amor y su Misericordia son infinitos.