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| Lc 13, 10-17 |
Hay normas y leyes que anteponen el cumplimiento al bienestar de las personas. Y eso no está bien, pues el valor de la persona está por encima de las leyes.
En la vida ha habido diferentes culturas y épocas donde se ha antepuesto la ley por encima de la persona.
Concretamente, Jesús tuvo que denunciar este derecho sabático de los judíos, su propio pueblo, de anteponer el cumplimiento por encima del bien de la persona.
Da la sensación de que el problema aparece cuando se aplican sin humanidad, como si cumplirlas fuera más importante que atender a las personas.
Pero también sucede hoy. Hay leyes que priman la productividad y la economía antes que el derecho al bienestar de la persona. Y no solo eso, sino que en muchas ocasiones se pasa por encima de las personas con tal de cumplir con objetivos e intereses tanto materiales como inmateriales.
—¿Por qué crees que pasa esto? —dijo Pedro con cierto enojo.
—Porque se pierde el sentido humanitario y se antepone el egoísmo —respondió Manuel.
—Y bien —añadió Pedro—, ¿cómo podemos arreglarlo?
—Quizá la respuesta esté en la manera en que Jesús entendía la ley y miraba a las personas —respondió Manuel mientras tomaba la Biblia.
Entonces, tomó la Biblia y, abriéndola por Lucas 13, 10-17, leyó:
—Un sábado, enseñaba Jesús en una sinagoga. Había una mujer que desde hacía dieciocho años estaba enferma por causa de un espíritu, y estaba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo.
Al verla, Jesús la llamó y le dijo:
«Mujer, quedas libre de tu enfermedad». Le impuso las manos, y enseguida se puso derecha. Y glorificaba a Dios.
Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, se puso a decir a la gente:
«Hay seis días para trabajar; venid, pues, a que os curen en esos días y no en sábado».
Pero el Señor le respondió y dijo:
«Hipócritas: cualquiera de vosotros, ¿no desata en sábado su buey o su burro del pesebre y los lleva a abrevar?
Y a esta, que es hija de Abrahán, y que Satanás ha tenido atada dieciocho años, ¿no era necesario soltarla de tal ligadura en día de sábado?».
Al decir estas palabras, sus enemigos quedaron abochornados, y toda la gente se alegraba por todas las maravillas que hacía.
Pedro guardó silencio unos instantes. Comprendió que Jesús no había venido a despreciar la ley, sino a recordar que ninguna norma puede justificar la indiferencia ante el sufrimiento humano.
Porque poner a la persona por encima de la norma no significa vivir sin principios, sino aprender a cumplirlos con amor, justicia y misericordia.
La santidad comienza en las cosas pequeñas: en nuestra manera de hablar, de tratar a los demás y de saber perdonar. Ser cristiano hoy no consiste solamente en creer en Dios, sino en dejar que Dios transforme nuestra manera de vivir.
La caridad no nace del miedo, sino de la conciencia de sabernos amados. Y quien se sabe amado aprende, poco a poco, a amar a los demás.

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