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| Lc 12, 54-59 |
Alfonso presumía de saberlo casi todo. En las conversaciones con sus amigos siempre encontraba algo que aportar, fuera cual fuera el tema. Muchos, convencidos de su sabiduría, llegaban a preguntarle incluso qué tiempo iba a hacer.
Vivimos en una época en la que todos parecemos saber de todo y en la que, con frecuencia, nos posicionamos con rotundidad. Sin embargo, no siempre somos conscientes de que quizá se nos escapan aspectos importantes de la realidad y de que tener una opinión no significa necesariamente saber discernir qué es justo y qué no lo es.
Esta dificultad se hace especialmente evidente cuando tenemos que afrontar un conflicto o tomar una decisión que afecta a otras personas. Entonces nos cuesta reconocer nuestras razones, escuchar las de los demás y descubrir qué es lo verdaderamente justo. A veces preferimos mantener nuestra postura antes que abrirnos al diálogo y buscar un camino de reconciliación.
En el evangelio de hoy (Lc 12, 54-59), Jesús nos invita a interpretar los signos de los tiempos y a discernir lo que es justo. También nos recuerda la importancia de buscar una solución a los conflictos antes de que sea demasiado tarde. Nuestras decisiones tienen consecuencias, y de nuestra manera de afrontar las diferencias puede depender que una situación avance hacia la reconciliación o termine agravándose.
No basta, por tanto, con interpretar lo que sucede desde nuestras propias categorías ni con creernos en posesión de toda la verdad. Estamos llamados a mirar la realidad con ojos evangélicos, a escuchar con humildad y a preguntarnos qué nos pide Dios en cada circunstancia.
Quizá hoy tengamos que dar el primer paso hacia alguien con quien mantenemos diferencias, escuchar a quien hemos juzgado demasiado deprisa o reconocer que también nosotros podemos estar equivocados. Porque discernir lo justo no consiste únicamente en tener razón, sino en buscar la verdad y la justicia sin cerrar la puerta a la misericordia y a la reconciliación.

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