| Jn 12, 24-26 |
La persona egoísta es aquella que solo piensa en favorecerse a sí misma por encima de los demás, incluso de su propia familia. Para ella, lo único que importa son sus propios intereses.
—Alguien quiere añadir algo más —dijo Manuel, invitando a participar a los tertulianos.
Alguien levantó la mano y comentó:
—Es evidente que hay personas que solo piensan en sí mismas y que todo lo que buscan está relacionado con sus intereses y beneficios.
Tras una breve pausa, otro de los tertulianos se animó a intervenir:
—Esas personas son las que triunfan, pero creo que eso es injusto, porque muchas veces se aprovechan de los demás.
Manuel, dirigiendo su mirada hacia quien acababa de hablar, preguntó:
—¿A qué te refieres cuando dices que se aprovechan de los demás?
Sin apenas pensarlo, respondió:
—A que son capaces de pasar por encima de quien sea, incluso de su propia familia y de sus amigos, con tal de conseguir sus objetivos.
Entonces Manuel, mostrándose de acuerdo con lo que había dicho, añadió:
—Totalmente de acuerdo. Los egoístas pueden dar la impresión de que ganan, pero al final la verdad termina saliendo a la luz y la vida va poniendo cada cosa en su lugar.
Guardó unos segundos de silencio y, mirando a todos, continuó:
—A veces, quienes se entregan a los demás, incluso hasta olvidarse de sí mismos, pueden parecer perdedores a los ojos del mundo. Pero en el Reino de Dios no todo es lo que parece a simple vista.
Entonces tomó la Biblia entre sus manos y leyó en Juan 12, 24-28:
—En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto…».
Hizo una pausa, cambió el tono de voz y añadió:
—Jesús concluye diciendo: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna».
Los miró con ternura y comentó:
—Eso es lo que verdaderamente importa. Si solo pensamos en nosotros mismos, sabemos a dónde puede conducirnos ese camino. Pero tenemos la oportunidad, a lo largo de nuestra vida, de cambiar nuestro rumbo y elegir otro destino.
Todo había quedado claro. La felicidad que todos buscamos pasa por morir a nuestros propios egoísmos y aprender a entregarnos al bien de los demás.
Pero, claro, ese no es un camino fácil. Y, si no permanecemos injertados en el Señor, nos será imposible recorrerlo.
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