miércoles, 23 de septiembre de 2026

CON LA PALABRA Y EL TESTIMONIO

—La palabra es importante, pero no definitiva —dijo Manuel de manera autoritaria.

Todos guardaron silencio. Lo había dicho Manuel y su palabra tenía autoridad. Sin embargo, alguien levantó la mano solicitando intervenir.

—Estoy de acuerdo. Por medio de la palabra nos comunicamos y nos entendemos, pero la palabra exige que lo que se dice coincida con lo que se hace.

Hizo una breve pausa y añadió:

—Si no hay correspondencia, la palabra pierde todo su crédito.

Muchos se volvieron hacia él sorprendidos por su intervención, pero también de acuerdo con lo que había dicho.

Manuel, con cara de agrado, abrió la Biblia por Lucas 9,1-6, y serenamente leyó:

—En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.

Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.

Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si alguno no os recibe, al salir de aquel pueblo, sacudíos el polvo de los pies, como testimonio contra ellos”.

Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.

Entonces, Manuel tomó la palabra y dijo:

—Todos podemos ser buenos ejemplos para los demás. Sobre todo, ejemplos de verdad, de honestidad, de colaboración, de ayuda y reconciliación.

Guardó un breve silencio y, mirándolos, agregó:

—Incluso, desde nuestro ambiente, nuestro trabajo o círculo social podemos transmitir la Buena Noticia del Evangelio. Tu testimonio basta.

Muchos se miraron convencidos de lo que oían y de que la buena convivencia dependía del buen hacer de cada uno.

No llevar nada para el camino, como dice el Evangelio, nos ayuda a no depender de las cosas y medios. Es verdad que en ocasiones los necesitamos, pero siempre poniendo nuestra confianza en la fuerza de la Palabra y de la providencia del Padre.

La libertad interior del enviado nace de esta desnudez: quien nada posee ni a nada se apega, nada tiene que perder y queda enteramente disponible para el servicio del Reino.

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