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| Lc 16, 1-8 |
En muchas ocasiones, ser buena persona se confunde con ser idiota. Muchos consideran que al creyente comprometido y practicante se le puede engañar fácilmente.
Confundir la bondad con la idiotez es una equivocación. La persona buena y justa no tiene por qué ser ingenua. Al contrario, debe saber oponerse a lo malo y a lo injusto. Y para ello necesita espabilarse y permanecer atenta a quienes intentan aprovecharse de su buena disposición.
En ese momento, Pedro, aprovechando que Manuel hizo una pausa, dijo:
—Estoy de acuerdo. Ser cristiano no significa aceptar todo lo que le pidan y le rueguen. Tendrá que discernir primero si eso conviene, es justo y necesario.
Manuel, asintiendo con la cabeza, añadió:
—Sí, de acuerdo. Pero hay algo más: no basta con evitar que se aprovechen de nosotros. También debemos estar atentos para impedir, en la medida de nuestras posibilidades, que otros sean engañados o sufran injusticias.
Entonces, tomó la Biblia y leyó:
—Del santo evangelio según san Lucas 16, 1-8:
En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«Un hombre rico tenía un administrador, a quien acusaron ante él de derrochar sus bienes.
Entonces lo llamó y le dijo: “¿Qué es eso que estoy oyendo de ti? Dame cuenta de tu administración, porque en adelante no podrás seguir administrando”.
El administrador se puso a decir para sí: “¿Qué voy a hacer, pues mi señor me quita la administración? Para cavar no tengo fuerzas; mendigar me da vergüenza. Ya sé lo que voy a hacer para que, cuando me echen de la administración, encuentre quien me reciba en su casa”.
Fue llamando uno a uno a los deudores de su amo y dijo al primero:
“¿Cuánto debes a mi amo?”.
Este respondió:
“Cien barriles de aceite».
Él le dijo: «Toma tu recibo; aprisa, siéntate y escribe cincuenta”.
Luego dijo a otro:
“Y tú, ¿cuánto debes?”.
Él dijo: “Cien fanegas de trigo”.
Le dice: “Toma tu recibo y escribe ochenta”.
Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz».
Muchas caras fruncieron el ceño. Estaban desconcertados y asombrados ante la duda de que Jesús alabara el engaño o la injusticia.
Sin embargo, era todo lo contrario; el evangelio no nos lo presenta como modelo a seguir en su injusticia, sino como ejemplo a imitar por su astucia previsora.
Jesús no alaba el robo ni la inmoralidad, sino los recursos, la rapidez mental. Jesús destaca la astucia del administrador; no legitima los medios injustos que utiliza.
Jesús dirige aquí una llamada de atención a los “hijos de la luz” (v. 8). Contrapone la pasión, el ingenio y la entrega que muchas personas ponen en sus negocios y objetivos materiales con la apatía, la indiferencia o la falta de visión con que, a veces, los creyentes afrontamos la evangelización y nuestra propia vida cristiana.
Porque:
No tenemos que aceptar todas las peticiones que nos hagan.
No debemos confundir perdonar con permitir que se repitan las injusticias.
No podemos llamar humildad a nuestra incapacidad para defender lo justo.
No debemos confundir la bondad con la falta de carácter.
Y tampoco podemos utilizar nuestra condición de buenas personas como excusa para permanecer pasivos ante el sufrimiento ajeno.

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