domingo, 8 de febrero de 2026

MARCAR DIFERENCIA

Mt 5, 13-16

Preparaba las comidas con tal maestría que la gente se preguntaba si era el propio Justiniano quien las había cocinado. Su fama se extendió por toda la comarca y muchos venían de pueblos y lugares cercanos para saborear su afamada cocina.

No eran pocos los que se acercaban con el deseo de descubrir algún secreto que les permitiera dar a sus guisos esos sabores tan peculiares con los que Justiniano sorprendía a sus comensales. Sin embargo, sobre su cocina se cernía un bien guardado hermetismo del que nadie lograba sacar conclusión alguna.

En una de estas ocasiones, Sebastián, un famoso cocinero y conocido de Justiniano, consiguió entrar en su cocina y observar cómo se aderezaban los platos. Entabló conversación con el ayudante hasta el punto de distraerlo en el momento en que se sazonaba el guiso.

—Buenos días, querido amigo —saludó Justiniano al llegar y encontrarse con Sebastián.

—Buenos días —respondió este—. Pasaba por aquí y me dije: ¿por qué no saludar a mi amigo? Y, al ver que no estabas, he charlado un rato con tu ayudante.

—Espero que no hayas podido abrirle la boca —dijo Justiniano—. Todo lo que se cocina aquí se hace en secreto. Se puede ver, pero no conocer los manejos ni las medidas, ni tampoco la forma de elaborarlo. Ahí están los secretos de la buena cocina.

Sebastián, que había advertido el descuido del ayudante, lo miró con una sonrisa interior, sabiendo que al guiso le faltaba esa medida de sal que le daba su sabor característico. Con aire socarrón añadió:

—Y bien, después de cocinar, conviene probar el plato para darle el visto bueno antes de presentarlo en la mesa.

—Así es —respondió Justiniano—. Vamos a ello.

Su mirada no daba crédito a lo que su paladar acababa de descubrir. Al probar el guiso, notó enseguida que faltaba ese gusto inconfundible que aporta la sal.

¿Qué había pasado? No podía entender que su ayudante hubiera olvidado añadirla. Miró a Sebastián y comprendió que algo no iba bien.

Buscó entonces al ayudante, quien, con el rostro desencajado, reconoció que, entretenido en la conversación con Sebastián, no había puesto sal al guiso.

Mirándolos a ambos, Sebastián dijo con calma:

—No se preocupen. La sal, aun pasando desapercibida, tiene una gran importancia en la comida. Sin ella, el sabor y el gusto no son los mismos. Aunque, por suerte, siempre se puede arreglar.

Y, sacando de su bolso la Biblia, les leyó el pasaje evangélico (Mt 5, 13-16) en el que Jesús habla de la importancia de la sal y de la luz.

Después, con suavidad y ternura, les comentó:

—En nuestra vida, la luz sirve para iluminar, no para cegar; y la sal para potenciar, no para anular. Tocar la vida de los demás y permitir que su realidad nos impacte, ser reflejo de Alguien grande… Eso es marcar la diferencia.

Desde ese momento y, por la gracia de Dios, Justiniano comprendió que todos nuestros talentos deben ponerse al servicio del Señor para que, como la sal y la luz, den sabor y brillo a su Palabra.

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