sábado, 17 de octubre de 2026

VALENTÍA Y TESTIGOS

Lc 12, 8-12

Juan no entendía por qué todo le salía mal. Tenía como un presentimiento de que las cosas se le torcían porque sí y entendía que su destino era ese.

Al entrar en la terraza se encontró con Manuel y, sin pérdida de tiempo, le dijo:

Manuel, sorprendido por lo que le dijo Juan, respondió:

Manuel, poniéndole la mano sobre el hombro, le dijo:

Hizo una pausa y continuó:

Juan le miró desconcertado y añadió:

—Posiblemente no me haya explicado bien. El miedo puede condicionarnos, paralizarnos y llevarnos a renunciar a aquello que estamos llamados a vivir. Y sin darnos cuenta cortamos la rama en la que estamos sentados.

Manuel, con la intención de dar esperanza, sacó la Biblia y dijo:

Entonces, mirándole con ternura, leyó:

El ejemplo de la rama nos invita a reflexionar sobre cómo, en ocasiones, nuestros miedos pueden condicionarnos hasta el punto de impedirnos avanzar. No se trata de negar las dificultades ni de pensar que todo depende de nuestra actitud, sino de no permitir que el temor tenga la última palabra. 

Dios respeta nuestra libertad, pero no nos deja solos. Nos ofrece la fuerza de su Espíritu para afrontar las dificultades y mantenernos firmes en aquello que sabemos que es bueno y justo.

En una sociedad cada vez más secularizada, declararnos seguidores de Jesús significa no ocultar nuestra condición de creyentes ni avergonzarnos de ella. Pero dar testimonio no consiste únicamente en manifestar nuestras convicciones religiosas, sino, sobre todo, en vivir de acuerdo con el Evangelio.

Se trata de buscar la verdad, practicar el bien y defender la justicia, incluso cuando hacerlo no resulte cómodo o no coincida con lo que la sociedad considera aceptable. Porque no todo lo legal es necesariamente justo, ni todo lo socialmente bien visto responde a los valores del Reino de Dios.

Así lo entendieron los apóstoles después de la resurrección del Señor. A pesar de las amenazas y prohibiciones, continuaron anunciando a Jesús, convencidos de que debían obedecer a Dios antes que a los hombres.

Ese es también nuestro desafío: no dejarnos vencer por el miedo, no renunciar a nuestras convicciones por comodidad y confiar en que el Espíritu Santo nos dará la fuerza y las palabras necesarias para ser testigos de Jesús con nuestra vida.

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