| Mt 14, 22-36 |
La vida da muchas vueltas. Es una frase que hemos oído muchas veces, pero que, aun comprendiéndola y creyendo que sucede, no le prestamos mucha atención. Igual pensamos que con nosotros no va a ocurrir.
Sin embargo, cuando menos lo esperamos, nos vemos inmersos en esas circunstancias y somos protagonistas de algo inesperado.
No me refiero a algo concreto, sino a ocasiones en que la vida nos pone entre la espada y la pared. Entonces nos toca elegir. Aparecen las dudas, los miedos, las indecisiones… ¿Qué hacer?
—Sí, es verdad —dijo Pedro—, estoy de acuerdo. La vida es una ruleta que, tras muchas vueltas, puede llevarnos a situaciones con las que nunca habíamos soñado.
Manuel, en la misma línea de lo que había dicho Pedro, añadió:
—Y sucede más de lo que pensamos. Muchos han vivido circunstancias que los han vuelto a unir o los han enfrentado…
Con la mirada fija puesta en Pedro, agregó:
—Por eso conviene dejar siempre las puertas abiertas para que la fuerza del encuentro sea siempre mayor que la de la confrontación.
Pedro levantó su dedo pulgar asintiendo que estaba de acuerdo y comentó:
—Sí, ocurre que a veces nos apresuramos y nos oponemos radicalmente al pensamiento del otro, abriendo heridas que luego cuesta mucho cerrar
Manuel, que estaba muy atento a la reacción de Pedro, confesó:
—Entonces me doy cuenta, quiero dar el paso cuando barrunto que algo interior me impulsa, pero no soy capaz. Me vence el miedo, la duda…
Lentamente y lleno de paciencia, Manuel abrió la Biblia y citando el evangelio de Mt 14, 22-36, dijo:
—Pedro camina un poco sobre el agua hacia Jesús, pero luego se asusta, se hunde y grita: ¡Señor, sálvame!…
Guardó silencio y añadió:
—Esta es una hermosa oración que nos descubre que, cuando nos sorprende la tempestad, levantamos nuestra mirada y buscamos al Señor en la certeza de que es el único que puede salvarnos.
Hoy nos está sucediendo lo mismo. Hay momentos en que las tempestades de la vida nos asedian. Es entonces cuando encendemos una vela o alargamos nuestra mano esperando que nos sostenga y nos salve.
Es evidente que todos navegamos en la barca de nuestra vida. Antes o después llegará la tormenta y, como Pedro, tendremos que dar el paso de confiar.
La pregunta es sencilla: ¿mantendremos la mirada fija en Jesús o dejaremos que el miedo nos hunda?
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