ÚLTIMAS REFLEXIONES

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DE DODIM A AGAPÉ

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sábado, 19 de enero de 2019

¿ESTÁS ENFERMO?

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Mc 2,13-17
Nadie quiere estar enfermo, y menos oír hablar de enfermedades. Todos buscamos la salud y el bienestar. Sin embargo, la vida nos enseña que tenemos que vivir con la enfermedad y estar preparados para afrontarla. Sin embargo, es bueno conocer la enfermedad y procurar prevenirla, pues si nos coge de improviso puede afectarnos de forma más peligrosa y pasarlo muy mal.

Cuando el pronóstico del tiempo predice lluvias, conviene llevar el paragua. Sin él podemos mojarnos y quedar empapados y refriados gravemente. Hay un gran peligro, no saber que estamos enfermos y, por tanto, no sentir necesidad de acudir al médico. 

Jesús nos lo advierte en el Evangelio de hoy: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores». Es por tanto muy peligroso no darnos cuenta de nuestras enfermedades - pecados - y pasar desapercibido ante ellos, pues, de ser así no buscaremos al médico, nuestro Señor Jesús, el único que realmente puede liberarnos y salvarnos de esa situación de esclavitud y pecado.

De ahí que sea muy importante reflexionar e interiorizar todos los actos de nuestra vida. Diría que nuestro camino debe ir en estrecha sintonía con Jesús y, desde Él, e injertados en el Espíritu Santo medir todas nuestras acciones dejándonos llevar por sus impulsos y acciones. En esa línea esforzarnos interiormente y tratar de vernos para descubrir nuestros fallos, nuestros vicios, nuestras desviaciones, nuestros egoísmos y pecados que se alejan de la Voluntad de Dios.

Hagamos un sincero esfuerzo para examinarnos y ver nuestras enfermedades, pues, nuestro Señor Jesús ha venido para limpiarnos y salvarnos.

viernes, 18 de enero de 2019

PARA DIOS NO HAY NADA IMPOSIBLE

Resultado de imagen de Mc 2,1-12

Sólo Dios tiene poder para perdonar los pecados. murmuraban algunos judíos de los que estaban presente. Jesús advierte esos pensamientos y les reta a que presencien que Él es el Hijo de Dios enviado, según las profecías, a liberar al pueblo de la esclavitud del pecado. Y les dice: ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: ‘Tus pecados te son perdonados’, o decir: ‘Levántate, toma tu camilla y anda?’ Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dice al paralítico-: ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’».

Luego, si Jesús, el Hijo de Dios, tiene poder para perdonar los pecados, será realmente Dios, porque no dice; En el nombre de Dios, sino que habla en primera persona y perdona los pecados. Está en estrecha sintonía con el Padre y el Espíritu Santo y forman la Trinidad. Es decir, un sólo Dios y tres Personas.

Pero, cuando no queremos claudicar ni cambiar nuestra situación porque nos encontramos cómodos y bien, cerramos los ojos a toda realidad. Puede esta sucedienco eso ahora mismo en nuestras vidas. Nos encontramos a gusto tal como estamos y apostamos por seguir así. Eso explica que los ricos, es decir, los acomodados y contentos con la realidad que vivimos, no queremos cambiar. Son los que sufren, los que lo pasan mal y son excluidos y marginados, los que están dispuesto a escuchar y agarrarse al cambio que Jesús les propone.

Sin embargo, no es esa la prioridad de Jesús, pues su principal objetivo es salvarnos de la realidad de la muerte. Pero, de la muerte del alma y de la condena eterna. No es esta vida la principal. Podemos morir, y de hecho habrá que vivirlo en este mundo, pero no significa la verdadera muerte, sino el paso de la muerte por el pecado a la Vida Eterna por la Misericordia de Dios. 

Por eso, presta más atención al perdón de los pecados, porque son ellos el verdadero peligro y la perdición eterna. Sin embargo, en algunas circunstancias, como es el caso del Evangelio de hoy, Jesús tiene que echar mano a la curación de aquel paralítico para mostrarnos el poder de Dios.

jueves, 17 de enero de 2019

EXCLUSIÓN Y OFRENDA

Resultado de imagen de Mc 1,40-45

La lepra fue en un momento una enfermedad mortal y, debido a su contagio, excluyente. Caer enfermo de lepra era como estar muerto en vida. Eran apartados de la sociedad y retirados a esperar, con mucho sufrimiento, la muerte. Recuperarse era milagroso y, si eso sucedía, había que pagar una ofrenda como prueba de purificación para integrarse en la sociedad de nuevo.

Hoy ha sido erradicada y hay medicinas para combatirla con eficacia en posibles lugares que pueda existir. No representa ningún peligro, si bien, el mayor peligro será la falta de medios en aquellos lugares que todavía pueda existir posibilidad. Sin embargo, hay otras muchas lepras que azotan nuestra vida y nuestra sociedad. Hoy, quizás, hay muchos más excluidos que, migrando de otros lugares, por circunstancias no de lepra, pero sí de dictaduras, explotaciones, guerras, hambre...etc, huyen de sus países buscando un lugar donde puedan vivir con dignidad y en paz.

Posiblemente, hoy tenemos que pedir al Señor por la paz y por la justicia en todos esos países, para que las personas puedan vivir dignamente en libertad, respeto y amor. Y tenemos que pedirlo convencidos de que en el Señor se puede conseguir. Pero, esa oración pasa también por cada uno de nosotros que con nuestra ofrenda y testimonio podemos ir contribuyendo a esa justicia y a esa paz.

La salud y el bienestar depende de todos, y todos tienen que colaborar aportando su esfuerzo y su contribución. Es la justicia social, donde lo más fuertes y dotados comparten con los más débiles y necesitados. Eso nos descubriría el amor y la fraternidad de la que tanto están necesitadas la humanidad. 

Y el Señor Jesús ha venido para eso, para curarnos esas enfermedades egoístas que nos enfrentan y nos enferman. Él quiere limpiarnos, pero nosotros tenemos también que pedírselo y hacer el gesto de querer demostrarlo con nuestra actitud generosa y fraterna.

miércoles, 16 de enero de 2019

TIEMPO Y TRABAJO

Resultado de imagen de Mc 1,29-39Con mucha frecuencia hablamos del tiempo, pero no del tiempo climatológico, sino del tiempo de nuestra vida, que marca nuestro quehacer diario. Solemos decir que nos falta tiempo, o que no tenemos tiempo para muchas cosas que, sin darnos cuenta, no son sólo necesaria sino imprescindible. Marcamos una ruta de jerarquía que suele estar dominada y sometida a lo material, a lo productivo, a lo económico.

Nuestro tiempo está influenciado y dirigido a la productividad económica. Todo lo que da rendimiento o abaratamiento del gasto económico nos interesa. Y en esa línea organizamos y disciplinamos nuestra vida. El tiempo para la contemplación lo sacamos en los ratos libres o, quizás, cuando no tenemos nada que hacer. Craso error que enturbia nuestra vida y nos somete más a las pasiones y espíritus mundanos.

La oración, es decir, nuestra relación con Dios es tan necesaria como imprescindible. Necesitamos orar porque en ello, no sólo nos va la vida y la eternidad, sino la felicidad y el gozo eterno. Eso que realmente buscamos por caminos equivocados, tal es el trabajo orientado a la productividad y a la economía. Hoy, el Evangelio, nos presenta a Jesús repartiendo su tiempo en la atención a la gente que le busca y buscando luego su tiempo de oración con el Padre.

 Jesús nos muestra la necesidad de estar en el mundo, pero sin dejar de estar unido al Señor. La oración es el alimento espiritual que nos fortalece y nos vivifica para, luego, desempeñar nuestra tarea de servicio entre los hombres. No descuida la entrega y la respuesta a los que piden su auxilio y le buscan para que calme sus padecimientos y sanen sus enfermedades. Pero, de la misma forma, busca el tiempo que necesita para meditar y dedicarse en contemplación a la cuidada oración con el Padre.

Una lección que todos debemos aprender y tener muy en cuenta. Jesús es el Señor y nuestra referencia. Nuestra vida debe mirarse en Él y seguirle es tratar de imitarle. Por algo nos ha dicho que es el Camino, la Verdad y la Vida.

martes, 15 de enero de 2019

UNA FORMA DE HABLAR DIFERENTE

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Mc 1,21-28
Jesús asombra y sus palabras arrancan admiración y sorpresa. El pueblo no está acostumbrado a oír hablar de esa manera ni a que esa Palabra también se realice. Son palabras de verdad y de justicias. Son palabras que liberan, que llegan al corazón y que sanan las dolencias y enfermedades. Son palabras que dan sentido y esperanza a la vida. Es una manera nueva de hablar.

Son palabras que se corresponden con los que los corazones de los hombres demandan. Son palabras que responden a los interrogantes que los hombres se plantean y le da soluciones. Son palabras que tienen el poder de liberar y de dar repuesta y solución a las dificultades, desesperanzas y obstáculos que los hombres encuentran en el camino de sus vidas. Jesús desprende admiración y la gente asombrada quedan perplejos ante su forma diferente de enseñar, con autoridad y sabiduría.

Pero, su Palabra no es una Palabra sólo del ayer, sino que hoy se actualiza también si la escuchas y la lees con fe, con serena reflexión interiorizada y tratas de llevarla a tu vida. Una Palabra que, desde la meditación interior y profunda, se hace vida y transforma tu corazón. Una Palabra que se hace alimento en la Eucaristía y que transforma el corazón de aquellas personas que viven en la verdad y la justicia.

Jesús es el Señor y su autoridad se desprende, no ya de lo que dice, sino de su identidad como el Hijo de Dios. Su Palabra se hace Camino, Vida y Verdad, y se apoya y le viene dada por ser el Mesías, el enviado, el predilecto en el que el Padre se complace. En Él se cumple todo lo profetizado y proclama con suavidad, con seguridad, con ternura, con autoridad y sin violencia ni aspereza. Una nueva forma de enseñar que hasta los espíritus inmundo le obedecen.

Su autoridad queda manifiesta y su doctrina se hace nueva porque lo que dice lo realiza con poder y firmeza. Nada se había visto igual. Jesús asombra y enseña con verdader autoridad haciendo precisamente el bien y proclamando la verdad.