ÚLTIMAS REFLEXIONES

ÚLTIMAS REFLEXIONES

DE DODIM A AGAPÉ

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martes, 12 de diciembre de 2017

EL VERDADERO AMIGO

Mt 18,12-14
La amistad es hermosa y muy deseada por todo hombre. La amistad está muy relacionada con el amor. Diría que está contenida en él, sin embargo, se hace muy difícil conseguirla y descubrirla. La amistad establece vínculos que, no siendo de sangre, son tan fuertes como los de sangre, y en muchas ocasiones más que los de sangre., de

Pocas veces uno descubre cuando tiene un amigo verdadero. No es fácil hacerlo, porque la amistad requiere más que tiempo y relación. Es algo que nace del compromiso de la verdad y la justicia. No se es amigo si no se está en la verdad y se es justo. Y eso no se encuentra por cualquier parte. Es más, escasea, porque se huye de la verdad y se esconde en la mentira. La vida se disimula y se es lo que se aparenta adulterandose la realidad. El autoengaño se alimenta de los malos sentimientos y malas pasiones. O, dicho de otra forma, de lo desordenado de tus apetitos.

La amistad nace de la profundidad de un compromiso de amor. Hemos dicho alguna vez que el amor es un compromiso, pues es desde ahí de donde nace la amistad. Una madre quiere a su hijo profundamente desde que lo siente concebido en su vientre. Y todavía no ha tenido tiempo de conocerlo, sin embargo lo ama profundamente.

 Ese compromiso de amor genera una profunda amistad que les llevaría a relacionarse hasta el extremo de darse. A niveles humanos esa amistad puede fallar, y de hecho falla por el pecado, contagiándoles y revistiéndoles de egoísmos, y  estropeando las relaciones entre los hombres y mujeres. Pero, en el terreno de lo divino alcanza la perfección.

Jesús es el Buen Pastor. Da la vida por sus ovejas hasta el extremo de, dejando a buen recaudo las noventa y nueve restante en el redil, salir a buscar la perdida.. Su gozo y alegría es grande por la oveja encontrada, que por las noventa y nueve que permanecen salvadas en el redil. Porque, hay más alegría en el cielo por una oveja perdida que por noventa y nueve que no se han extraviado.

lunes, 11 de diciembre de 2017

NOS GUSTAMOS DE DEMOSTRACIONES DE PODER

Lc 5,17-26
Siempre hemos sentido curiosidad de ver algo nuevo. Sobre todo si se trata de pruebas de poder y de vencer los poderes naturales. O dicho de otra forma, nos gustan los milagros y nos impresiona aquel que tenga poder para vencer las reglas de la naturaleza. Sobre todo, ante la enfermedad y la muerte.

Y Jesús era una ocasión para aquellos fariseos y doctores de la ley. Todos se agrupaban a su derredor y gustaban de contemplar las curaciones que Jesús hacía por y para el bien de los enfermos. En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico, que ante la dificultad para introducirlo por la cantidad de gente que se agolpaba, disidieron bajarlo por el terrado apartando unas tejas. Y lo pusieron delante de Jesús. Éste al ver la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados».

Quiero destacar la verdadera intención por la que Jesús está entre nosotros. Quiere simplemente liberarnos de la esclavitud del pecado. Porque, esa es nuestra condena y nuestra perdición. Nuestra muerte. La enfermedad no puede matarnos, pero el pecado sí. Por eso, Jesús viendo la fe de aquellos hombres le da al enfermo la verdadera salvación:  "el perdón de los pecados".


¿Y qué ocurre? Sucede que no se dan cuenta de nada y no descubren la divinidad de Jesús. Piensan que sólo Dios puede perdonar los pecados, y que Jesús blasfemia al decir que Él los perdona. Conociendo este pensamiento, Jesús, les dice: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: ‘Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‘Levántate y anda’? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados -dijo al paralítico- ‘A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’». 

Podemos imaginar que sucedió después de que el paralítico se levantó y marchó a su casa. Pero, también sabemos que ese hecho, aunque asombró, no fue determinante para que muchos cambiarán. Y hoy sigue sucediendo lo mismo. Muchos siguen pensándoselo y también negando la divinidad de Jesús. Posiblemente, su parálisis es mucho más fuerte de lo que a simple vista parece.

domingo, 10 de diciembre de 2017

LA ESPERANZA DE JUAN

Mc 1,1-8
Todo parece dormido. La vida se hace rutina, se nace, se vive y se muere. Algunos no tienen mucho espacio entre el nacer y morir. La vida se reduce a la mera subsistencias para muchos, mientras otros disfrutan de larga vida y de cómodas estancias y placeres. Hay pobre y ricos; sufrimientos y alegrías; tristeza y dolor. Pero, no todo se para ahí. El hombre busca algo más y espera su liberación.

Y aparece una voz que clama en el desierto. Es Juan el Bautista, una voz que clama fuerte y que sabe muy bien cual es su misión. Una voz que exige escucha y arrepentimiento. Una voz sobria, disciplinada, austera, alimentada de miel silvestre y langostas. Una voz salida del desierto que bautiza a todos aquellos que se abran al arrepentimiento de sus pecados. 

Una voz que proclama preparar el camino del Señor y enderezar sus sendas. Una voz que grita: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo».

Entramos en un tiempo de preparación, de despojo, de abandono y de arrepentimiento. Entramos en un tiempo de compromiso serio con la verdad, de transparencia y de sinseridad. Entramos en un tiempo de esperanza y de abrirnos a la Misericordia de Dios. Un tiempo de humildad y de postración ante un Dios Misericordioso que perdona mis pecados y los pecados del mundo. Un Dios de liberación.

Juan prepara el camino allanándolo de todas aquellas impureza que lo desequilibran y lo alteran. Que lo desigualan y lo resquebrajan. Juan nos anuncia la llegada del Reino de Dios, del único y verdadero Mesías para el que, ahora, nos preparamos a recibir. Abramos nuestros corazones sin miedo y dejemos entrar al Señor para que sea su Espíritu el que limpie nuestros corazones y allanen nuestros caminos impuros e imperfectos dejándolos suaves y rectos para llegar al Corazón de Dios.