| Mc 12, 18-27 |
Juan experimentaba que en lo más profundo de su corazón había un deseo de eternidad. Tenía miedo a la muerte y hacía todo lo que podía para prolongarla.
—¿Qué piensas sobre la eternidad? —preguntó Juan—, al ver llegar a Manuel.
Algo sorprendido por la pregunta, Manuel encogió los hombros y, mirándole, dijo.
—Es evidente que todo el mundo busca vivir lo más posible. Eso descubre: que desearían ser eternos y, para ello, se cuidan lo máximo.
—Pero eso —intervino Juan— no elimina la realidad de la muerte.
—Así es —respondió Manuel—, pero precisamente la muerte es la puerta de la resurrección.
Guardó unos segundos de silencio y, mirándole, añadió:
—Y para participar de la eternidad tendremos que resucitar.
Hizo una pausa, tomó la Biblia y abriéndola por Mc 12, 18-27, dijo:
—Jesús, tras la pregunta trampa que le ponen los saduceos, les dice que por no entender la Escritura ni el poder de Dios se equivocan. Y…
Leyendo en la Biblia les aclaró:
—Cuando resucitemos, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio; serán como ángeles del cielo.
Y levantándose y alzando la voz, siguió leyendo:
—Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”?…
Hizo un breve silencio y concluyó:
—No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados.
Ahora Juan empezaba a darse cuenta. Ese deseo interior tenía fundamento; verdaderamente estamos llamados a la eternidad.
¿Y nosotros, no sentimos también en nuestro interior ese deseo de eternidad? Y si lo sentimos, es que Alguien nos lo ha puesto.
Sí, verdaderamente hemos sido creados para ser eternos.
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