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miércoles, 28 de enero de 2026

SALIÓ EL SEMBRADOR A SEMBRAR

Mc 4, 1-20

Sucede que, sin darte cuenta, la vida va dejando escrita tu historia en los actos de cada día. Es posible que nunca te hayas parado a pensarlo, pero puede ser que no hayas reparado en lo que has oído y tus decisiones hayan sido seguir la corriente del mundo.

En otros momentos, te ha gustado lo que has oído, pero no has profundizado lo necesario, sino que ha sido euforia instantánea y, por tu inconstancia, a las primeras dificultades, terminas por olvidarlo.

Experimentas que plantearte la vida con seriedad y responder al compromiso de hacer el bien trae muchas dificultades. Escuchas, pero tu corazón se queda en el mundo y tus afanes de riqueza y poder terminan por ahogar tus buenas intenciones.

Al final, solo aquellos que aceptan la buena palabra que oyen, la acogen y tratan de responder haciendo el bien, son los que dan buenos frutos.

Con estas palabras. Florencio había terminado la historia que les contaba a sus alumnos. A muchos se les veía entusiasmados; a otros, medio dormidos, y a muchos, indiferentes. 

Confundido porque veía a muchos distraídos, indiferentes o con cara de no haber comprendido, sacó su Biblia y leyó.

«Las historias vuelven a repetirse», pensó Florencio, tal cual nos dice Mc 4, 1-20 en su evangelio: … El sembrador siembra la Palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la Palabra…

viernes, 28 de julio de 2023

LIMPIA, ESPÍRITU SANTO, TODO LO QUE DE CAMINO DURO, PEDREGROSO Y ABROJOS HAY EN MI CORAZÓN.

Siempre tendremos al causante de que nuestra tierra no esté lo suficientemente limpia atento a ensuciarla, contagiarla y hacerla infértil, el pecado. Y siempre tendremos al tentador aprovecharse de nuestras debilidades y precipitarnos a la tentación.

Y siempre tendremos que estar atentos, ávidos y dispuestos a no desfallecer y estar injertados en el Espíritu Santo para que ese camino duro, terreno pedregoso y abrojos no nos seduzcan y sequen nuestra fe, esperanza y caridad. Un camino endurecido por nuestra pereza, nuestros esfuerzos desesperanzados, baldíos y cómodos. En esa calidad de tierra la semilla sembrada por la Palabra de Dios tiene pocas o ninguna posibilidad de germinar. Los pájaros de la vida – nuestras propias seducciones – la devoran y nuestra inquietud de germinar y dar frutos desaparece.

Es evidente que la Palabra de Dios nos gusta, nos llega al corazón, nos alegra y da esperanza. Cuando lo escuchamos con paciencia y tranquilidad nuestro corazón despierta y exulta de paz y gozo. Nos sentimos bien, a gusto, alegres y renovados. Experimentamos fortaleza y deseos de hacer esa Palabra vida en nuestra vida.

Pero, observamos que nuestro camino sigue igual de duro y difícil. Incluso hasta se empeora en muchos momentos. Aparecen las dificultades, enfermedades y problemas que nos invitan a reflexionar y pensar que antes, quizás, estábamos mejor. Nos desencantamos y pensamos en regresar y, casi sin darnos cuenta, nos olvidamos de esa Palabra – buena semilla – que había encendido nuestro corazón y darle sentido a nuestra vida. Ese terreno pedregoso no ha permitido que nuestra semilla eche raíces y pueda dar frutos. Y nos quedamos estériles y vacíos.

Por otro lado siempre vamos a encontrar cizaña en nuestra vida. El pecado la ha sembrado en nuestro corazón y permanece junta a la Buena Semilla que la Palabra de Dios ha derramado en nuestros corazones. Nos damos cuenta qué la lucha es a diario. Nuestra naturaleza contagiada y herida por el pecado establece una lucha diaria que, sin la asistencia y ayuda del Espíritu Santo, nos será imposible sostener y vencer.

Es evidente, llega el momento de la gran decisión: Abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios y dejar que el Espíritu Santo – venido a nosotros en nuestro bautizo – are, abone, limpie y riegue nuestra tierra para que purificada de toda dureza, piedras y abrojos germine y dé frutos. Entonces entenderemos esa Buena Noticia y, por la Gracia de Dios, daremos frutos. Unos cientos, otros sesenta y otros treinta.

miércoles, 26 de julio de 2023

INCLUSO DONDE HAY DIFICULTADES PARA GERMINAR ESTÁ LA PRESENCIA DE DIOS.

El sembrador esparce la semilla por todas partes. Es decir, no la siembra simplemente en tierra buena sino que la deja en toda clase de tierra: tierra de camino, pedregosa, abrojos o buena. A cada una le da la oportunidad de que permitan a la semilla germinar hundiendo sus raíces en la tierra y dar frutos.

¿Qué sucede entonces? Que las condiciones de cada tierra serán determinantes para que la semilla pueda hundirse en la tierra, germinar, echar raíces y dar frutos. Una tierra camino y dura impedirá que la semilla pueda echar raíces; una tierra pedregosa ahogará las raíces y secará la semilla. Una tierra de abrojos robará la savia y dejará débil y sin frutos a la semilla sembrada. Solamente una tierra buena dejará que la semilla eche raíces y dé frutos.

Nosotros somos esa tierra y en nuestros corazones tenemos tierra buena, pero también dura, pedregosa y con abrojos. Nos tocará a cada uno poner todo lo que tenemos de bueno para limpiarnos, abonarnos y quitarnos todo aquello que molestará a esa buena semilla sembrada – Palabra de Dios – en nuestros corazones para que dé frutos. Y eso el Sembrador lo ha dejado a nuestra libertad y esfuerzo. Tomaremos el camino estrecho o ancho según queramos y nos apetezca. Será nuestra decisión la que determine el camino a seguir.

Y esto lleva su tiempo, su proceso y su recorrido. Tenemos toda una vida para llenarnos de paciencia, de tranquilidad y, sobre todo, de fe. No podemos perder de vista que el Sembrador quiere que la semilla sembrada dé frutos y que nosotros debemos evitar que esa semilla se quede en terreno baldío. Pero, sobre todo, que cuando las cosas se ponen muy difíciles tengamos muy presentes que el Sembrador está dispuesto a ayudarnos, a preparar nuestros corazones, a sembrarlos arándolos y limpiándolos con su Palabra hasta el extremos de que den frutos. Otra cosa es que no le dejemos hacerlo y que nos cerremos a su intervención.

Conclusión: Pongamos nuestra tierra a su disposición y dejemos que Él meta el arado de su Amor Misericordioso y la prepare para que abonada por su Gracia demos 30, 60 o 100 % de los frutos que Él espera de cada uno de nosotros.

miércoles, 26 de enero de 2022

TODOS ACUDÍA A ESCUCHARLE

 

Era una nueva forma de hablar y enseñar. Todos notaban admirados esa diferencia. Jesús hablaba con una autoridad desconocida e insospechada. Sus Palabras tenían cumplimiento y verdad, llevaban esperanzas y sanación. Su coherencia entre lo que decía y hacía era extraordinaria, exacta, firme, inmediata. No se había visto nada igual. Es lógico que en ese contexto sus intervenciones eran seguidas por el gentío que se aglomeraba a su lado llegando incluso a impedirle hablar con cierta holgura.

Precisamente, el Evangelio de hoy nos habla de esa circunstancia: (Mc 4,1-20): En aquel tiempo, Jesús se puso otra vez a enseñar a orillas del mar. Y se reunió tanta gente junto a Él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar. Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas. Les decía en su instrucción: «Escuchad. Una vez salió un sembrador a sembrar. Y sucedió que, al…

Jesús nos habla de la siembra de la Palabra en el corazón del hombre – Jr 31, 33 – y le toca al hombre cultivarla y descubrirla. Claro, sólo será  seducido y vencido por el demonio. Necesitará la fortaleza y la acción del Espíritu Santo – recibido en nuestro bautismo – para no desfallecer, no dejarse seducir por Satanás ni por las dificultades ni por los afanes y ambiciones de este mundo. Necesitará el alimento del Espíritu – Cuerpo y Sangre de Cristo – y necesitará el esfuerzo de cada día para que su tierra, impura, contaminada, infectada y sometida a la esclavitud del pecado, por la Gracia de Dios sea convertida en tierra abonada, fertilizada y bien regada por la Gracia de Dios para que dé buenos y hermosos frutos por y para Gloria de Dios.

Tratemos, pues, de abrirnos a esa siembra de la Palabra de Dios acogiéndola y cultivándola para que nuestra cosecha sea buena, bien del treinta, sesenta o ciento por uno.

viernes, 26 de julio de 2019

VER, LEER Y MEDITAR LA PALABRA

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Es importante escuchar y leer, pero, sobre todo, lo verdaderamente importante es entender lo escuchado y leído. Porque, si no se entiende, por mucho que se lea y se escuche difícilmente se puede llevar a la vida la Palabra de Jesús. Se lee, se escucha y se trabaja con la finalidad de entenderla y, entendiéndola, hacerla vida en nuestras vidas. Y pronto nos damos cuenta de nuestra pobreza y necesidad de requerir el auxilio y la asistencia del Espíritu Santo, porque, por nosotros mismos no podremos entenderla.

Ya nos lo dijo Jesús en el momento de su Ascensión al Cielo:  nos enviará al Paráclito para que nos asista y nos muestre todo lo que necesitamos - Jn 16, 4-15 -. Pero, también nosotros necesitamos disponibilidad y dedicar tiempo y, sobre todo, perseverar en una actitud reflexiva, de leer y trabajar la Palabra para facilitar la comprensión y entenderla. Sin esa abertura a la acción del Espíritu Santo nada conseguiremos, pues, de no ser así los pajarillos del campo nos la robarán y quedará en nada. De no ser así no echará raíces y al menor contratiempo se vendrá abajo.

La Palabra necesitará tiempo y dedicación y mucha paciencia. Por eso, la perseverancia es fundamental que se apoye en la fe y que tenga paciencia, mucha paciencia para, postrados ante el Señor abramos nuestros corazones a la acción del Espíritu Santo y nos dejemos transformar, seguir sus impulsos y señales. Será muy necesario entender la Palabra, pero entenderla profundamente hasta el punto de poder hacerla vida en nuestras vidas. 

Y bien sabemos que eso no lo lograremos nosotros solos sino injertados en la verdadera Vid, para poder recibir de ella la savia que nos alimenta y nos da la fortaleza para alcanzar la Vida Eterna. Promesa que nos ha ofrecido nuestro Señor. en Él ponemos toda nuestra confianza.

miércoles, 30 de enero de 2019

LA TIERRA DE NUESTRO CORAZÓN

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Mc 4,1-20
La vida es una siembra, y para que dé buenos frutos es necesario que la preparemos. Pero, ¿dónde está nuestra tierra? Dios ha querido que, de la misma manera que ha sembrado la vegetación del mundo en el que vivimos, nuestro corazón sea el lugar donde se den los frutos que Él espera de nosotros. 
Ha sembrado nuestro corazón de su Palabra, y espera que allí vaya creciendo hasta el momento de dar frutos. También así parece que sucedió en esos treinta años de vida oculta del Señor. Fue un tiempo de siembra donde fue creciendo en sabiduría y fortaleza y la Gracia de Dios estaba sobre Él - Lc 2, 40 -.

El proceso de sembrar mantiene siempre el mismo ciclo: siembra, crecimientos, frutos y siega. Para dar frutos hay que crecer. Crecer en el conocimiento de Dios y de su Voluntad y como resultado aparecerán los frutos que se recogerán al final de nuestros días, la siega. Y que de su calidad dependerá nuestra eterna felicidad.

Pero, todo dependerá de preparar una buena tierra que acoja con garantía esa semilla que siembra el Señor. Porque, de no ser así, la semilla puede caer a orillas de nuestro camino y rápidamente las aves se la comen. O puede que nuestra vida esté llena de muchas piedras y poca tierra, donde las raíces de la siembra de la Palabra de Dios no se hundan lo suficiente por escasa tierra y su brote rápido es secado por los rayos del sol al no tener profundidad sus raíces. A las primeras dificultades nuestra fe se viene abajo.

Pero, también puede suceder que nuestro corazón esté lleno de mucho ruido y los afanes de todo lo que el mundo nos presenta  y las demás concupicencias terminan por ahogarnos y no damos frutos. Por eso, necesitamos abonar nuestro corazón con la oración y los sacramentos y todo el abono del que nos provee la santa Madre Iglesia para que nuestra tierra produzca frutos. 

miércoles, 24 de enero de 2018

NECESIDAD DE CONVERSIÓN

Mc 4,1-20
Muchos esperan a comprender, para luego, convencidos, creer. Son aquellos que como Santo Tomás, dicen que necesitan ver para creer. Y Jesús nos dice: "Bienvaventurados aquellos que creen sin haber visto". Es nuestro caso, queremos creer y ser bienaventurados, porque queremos fiarnos de tu Palabra, Señor. Pero, indudablemente, necesitamos la sabiduría de tu Gracia para poder entender.

Por eso, necesitamos abrirnos a la acción del Espíritu Santo y ponernos en sus Manos. Ser como esa semilla, de la que nos habla hoy el Evangelio, que sembrada se hunde en la tierra para morir y dar frutos. Necesitamos agarrarnos fuertemente de tu Palabra, Señor, para echar raíces y dar frutos. Sabemos que hay muchos peligros y que, si no estamos atentos, podemos quedarnos en el camino y ser engullidos por Satanás que está al acecho; otros alegres por recibir la Palabra, pero sus raíces no son profundas y ante las primeras dificultades o persecuciones sucumben; hay otros que escuchan la Palabra entre tentaciones y seducciones del mundo, son los abrojos de nuestra vida, y tan pronto como las ambiciones, los afanes de la vida, las seducciones de las riquezas y el deseo de vivir bien los invaden, terminan por ahogar la Palabra y se quedan estéril.

Por fin, hay otros que reciben la semilla en tierra buena. Tierra que abraza sus raíces, las acogen, las entierran profundamente y le dan vida dando frutos y una cosecha de treinta, sesenta o del ciento por uno. Tratemos de ser del grupo de estos últimos y acoger la Palabra de Dios con entusiasmo, pero con paciencia y perseverancia. 

Dar frutos nos va exigir morir. Morir a nuestras propias ambiciones y a nuestros propios intereses. Dar frutos nos exigirá renunciar a muchas cosas que quizás no entendamos ni sepamos el por qué renunciar. Tenemos que confiar en el Sembrador y dejarnos cultivar por su Palabra para que nuestras obras del el fruto apetecido.

miércoles, 20 de julio de 2016

¿CÓMO ESTÁN TUS OÍDOS Y TU FE?

(Mt 13,1-9)

La Palabra no se ha escondido, sino que ha sido sembrada por todos los sitios y lugares. La Palabra se ha proclamado para todos, porque ha venido para proclamarse a todos. Por eso se deja caer en todos los lugares, incluso a la orilla del camino, pero también en el pedregal, donde no hay mucha tierra, y junto a los abrojos, donde se hace difícil crecer por la amenaza de los abrojos. Y también en tierra buena, donde dieron frutos.

Sólo una pregunta daría sentido a la escucha atenta de esta Palabra de Dios: ¿Cómo es tu tierra, y dónde se encuentra? ¿Cómo están tus oídos y tu fe? ¿En que actitud los predispone para oír esa Palabra proclamada que cae sembrada en tu corazón? ¿Acaso tu tierra está seca y en el camino?; ¿es mala?; ¿hay abrojos, o es tierra abonada y abierta a ser fecundada para dar frutos?

Dependerá de tu trabajo de labriego y de tu perseverancia y constancia para hacer que esa tierra tuya quede en buena disposición para que dé frutos. Dependerá de tus oídos y tu fe, para confiado al buen Sembrador, la semillas fructifiquen en la tierra de tu corazón. Todo está dicho y bastante claro, y ahora, el que tenga oídos que los abra y oiga.

Cada cual está llamado a trabajar su propia tierra. Esa tierra seca, árida, pedregosa, junto a abrojos o fértil. Dependerá de lo que se te haya entregado, pero tus esfuerzos por fructificar serán tenidos en cuenta en la medida de los talentos que se te han dado. De cualquier manera, la lucha con nuestra propia tierra está servida y esa marcará nuestro camino. 

Pero nunca olvides que no estás solo, porque ese Sembrador que ha dejado la semilla en tu corazón va a trabajar contigo para transformar tu tierra en la tierra que Él quiere y desea para recoger tus frutos. Confía y abre tus oídos y acrecienta tu fe.