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sábado, 18 de septiembre de 2021

LA SALVACIÓN, EL SEÑOR, LA HA DEJADO EN TUS MANOS

 

Eres libre. El hombre siempre ha luchado por la libertad y Dios lo ha creado libre. Libre para que pueda elegir el camino apetecido. Y es verdad que ese camino de felicidad y de vida eterna está escrito en tu corazón. Ahora, el camino no será fácil encontrarlo. Tendrás que luchar, que hacer renunciar y que descubrir las apariencias, engaños y seducciones que, posiblemente mundo, demonio y carne te van a tender. Esa es la historia de nuestra vida, un camino de salvación que Dios te ha regalado y que tú tienes que descubrir.

Es verdad que Dios te va a ayudar a encontrarlo. Un Padre, más tratándose de Padre Dios, no te va a dejar abandonado. Te ayudará, pero, esa ayuda estará condicionada a tu colaboración. Solo si tú accedes y quieres, desde la hora de tu bautismo, el Espíritu Santo te asistirá y auxiliará para que puedas encontrar ese camino que clama a gritos dentro de tu corazón.

La parábola que hoy nos narra Jesús nos lo explica muy claramente. Nos ayuda a descubrir donde estamos nosotros. ¿Soy semilla que cae en el camino o en tierra pedregosa? ¿Acaso crezco entre zarzas que me ahogan y desvían? ¿O, por el contrario soy tierra buena que acojo la semilla, dejo que eche raíces profundas y dé buenos frutos? ¿Dónde me encuentro? 

Porque, estés donde estés, la Misericordia y el Amor de Dios es Infinito y te ayuda, contando con tu esfuerzo - para eso has sido creado libre - a salir de ese borde del camino, de ese terreno pedregoso o de entre las zarzas  e ir a la tierra buena. Esa tierra buena que se abre al Amor y la Misericordia de Dios y da frutos.

miércoles, 27 de enero de 2021

¿ME ESFUERZO EN SER TIERRA BUENA?

 


Pienso que el Señor me hizo tierra buena, porque me ha creado para ser feliz y para amar. No lo puedo ver de otra manera, porque, de verlo de otra manera, llegaría a pensar que Dios no es del todo bueno. No se puede entender un Dios que no nos haya creado para amar, cuando el mismo nos ha dicho que nos ha creado a su imagen y semejanza. Si, indudablemente, Dios es un Padre Infinitamente bueno y nos ha creado para que seamos felices eternamente.

Ahora, ha convenido, porque así le ha parecido bien, que seamos libres y que podamos elegir creer en Él o rechazarle. Y esto ha sucedido desde el momento que el hombre quiso ser como Dios - pecado original - y fue desterrado a la tierra a ganarse el pan con el sudor de su frente y a ser protagonista de su propia elección. Creado libre para que pudiera elegir dar frutos de amor o dar frutos egoístas pensando en sí mismo.

La parábola del sembrador nos descubre esa posibilidad de convertir nuestro corazón en tierra buena y dar los frutos que, queramos o no, deseamos dar desde lo más profundo del corazón. Son frutos de amor que, amenazados por ese deseo del mal - pecado -  también cultivado en nuestro corazón, irrumpe en nuestra vida y nos inclina al mal y a apartarnos del amor de Dios.

Sin embargo, Dios no nos ha abandonado nunca, somos sus hijos y desea recuperarnos. Para eso ha enviado a su Hijo predilecto que nos enseña el Camino, la Verdad y la Vida para dar los buenos pasos y llegar a recuperar, por la Gracia y Mediación de su Hijo, nuestra dignidad perdida de hijos de Dios, alcanzando su Infinita Misericordia y gozar de y con Él la Gloria de Vida Eterna.

Conviene leer despacio y abiertos a la acción del Espíritu Santo este pasaje del Evangelio de - Marcos 4, 1-20 - y reflexionarlo aplicándolo a nuestra vida. ¿Qué tierra considero que soy? ¿Y cómo puedo revertirla para que bien abonada dé frutos? En tus manos está.

viernes, 26 de julio de 2019

VER, LEER Y MEDITAR LA PALABRA

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Es importante escuchar y leer, pero, sobre todo, lo verdaderamente importante es entender lo escuchado y leído. Porque, si no se entiende, por mucho que se lea y se escuche difícilmente se puede llevar a la vida la Palabra de Jesús. Se lee, se escucha y se trabaja con la finalidad de entenderla y, entendiéndola, hacerla vida en nuestras vidas. Y pronto nos damos cuenta de nuestra pobreza y necesidad de requerir el auxilio y la asistencia del Espíritu Santo, porque, por nosotros mismos no podremos entenderla.

Ya nos lo dijo Jesús en el momento de su Ascensión al Cielo:  nos enviará al Paráclito para que nos asista y nos muestre todo lo que necesitamos - Jn 16, 4-15 -. Pero, también nosotros necesitamos disponibilidad y dedicar tiempo y, sobre todo, perseverar en una actitud reflexiva, de leer y trabajar la Palabra para facilitar la comprensión y entenderla. Sin esa abertura a la acción del Espíritu Santo nada conseguiremos, pues, de no ser así los pajarillos del campo nos la robarán y quedará en nada. De no ser así no echará raíces y al menor contratiempo se vendrá abajo.

La Palabra necesitará tiempo y dedicación y mucha paciencia. Por eso, la perseverancia es fundamental que se apoye en la fe y que tenga paciencia, mucha paciencia para, postrados ante el Señor abramos nuestros corazones a la acción del Espíritu Santo y nos dejemos transformar, seguir sus impulsos y señales. Será muy necesario entender la Palabra, pero entenderla profundamente hasta el punto de poder hacerla vida en nuestras vidas. 

Y bien sabemos que eso no lo lograremos nosotros solos sino injertados en la verdadera Vid, para poder recibir de ella la savia que nos alimenta y nos da la fortaleza para alcanzar la Vida Eterna. Promesa que nos ha ofrecido nuestro Señor. en Él ponemos toda nuestra confianza.

miércoles, 30 de enero de 2019

LA TIERRA DE NUESTRO CORAZÓN

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Mc 4,1-20
La vida es una siembra, y para que dé buenos frutos es necesario que la preparemos. Pero, ¿dónde está nuestra tierra? Dios ha querido que, de la misma manera que ha sembrado la vegetación del mundo en el que vivimos, nuestro corazón sea el lugar donde se den los frutos que Él espera de nosotros. 
Ha sembrado nuestro corazón de su Palabra, y espera que allí vaya creciendo hasta el momento de dar frutos. También así parece que sucedió en esos treinta años de vida oculta del Señor. Fue un tiempo de siembra donde fue creciendo en sabiduría y fortaleza y la Gracia de Dios estaba sobre Él - Lc 2, 40 -.

El proceso de sembrar mantiene siempre el mismo ciclo: siembra, crecimientos, frutos y siega. Para dar frutos hay que crecer. Crecer en el conocimiento de Dios y de su Voluntad y como resultado aparecerán los frutos que se recogerán al final de nuestros días, la siega. Y que de su calidad dependerá nuestra eterna felicidad.

Pero, todo dependerá de preparar una buena tierra que acoja con garantía esa semilla que siembra el Señor. Porque, de no ser así, la semilla puede caer a orillas de nuestro camino y rápidamente las aves se la comen. O puede que nuestra vida esté llena de muchas piedras y poca tierra, donde las raíces de la siembra de la Palabra de Dios no se hundan lo suficiente por escasa tierra y su brote rápido es secado por los rayos del sol al no tener profundidad sus raíces. A las primeras dificultades nuestra fe se viene abajo.

Pero, también puede suceder que nuestro corazón esté lleno de mucho ruido y los afanes de todo lo que el mundo nos presenta  y las demás concupicencias terminan por ahogarnos y no damos frutos. Por eso, necesitamos abonar nuestro corazón con la oración y los sacramentos y todo el abono del que nos provee la santa Madre Iglesia para que nuestra tierra produzca frutos.